¿Matrimonio?

Caminaba tranquilamente por la plaza de la ciudad, veía a los tirabuzones rubios de la niña con un bello vestidito rosa sacudiendo con su caminar infantilmente gracioso. Era una niña pequeña y parecía tener como máximo cuatro años de edad cuando, en la verdad, tenía seis, casi siete, y luego debería irse a la escuela. Era una niña fragilizada por la culpa, de todos, en realidad.

Se portaba mejor y era más alegre de lo que se esperaba por su actitud reservada e introspectiva. Nunca habló nada, ni mismo para su madre, ni una palabra. Cuando era bebé, su llanto era bajo; cuando creció, no intentó hablar y solo mostraba lo que quería. Los médicos no constataron nada, no era sorda o muda apenas. Simplemente no quería hablar y, delante de eso, un psicólogo todavía sería más constrictivo. La madre se enteró de eso cuando la hija empezó a escribir sola, después de aprender con la computadora tal vez, no sabía cómo, pero lo poco que comunicara a la madre hasta el momento habían sido palabras escritas, curiosamente como si estuvieron en el espejo, todas las letras viradas simétricamente.

Sus preguntas eran muy existencialistas para una niña. La primera cosa que preguntó, con cuatro años incompletos, era quién fue su padre, y la madre se obligó a enseñarle la única foto que tenía de él. Luego, con cinco años, la niña quiso aprender a tocar piano. Nada más que eso. En la escuela, ya con siete años, tampoco hablaba. Tenía una bella caligrafía, al final era ese su modo de comunicarse. Tenía aprecio por algunas cosas en la computadora y en la Internet que recordaban la mente de ambos sus padres, más intelectual que los dos tal vez, si se considerara su edad y su comportamiento.

Conquistaba las personas por las cuales pasaba, tanto por su manera angelical como por lo excéntrico caminar con los zapatitos y vestiditos y cintitas, mientras los niños de hoy llevan abrigos, jeans y conjuntos más modernos. Ella era una muñeca.

Cuando nació, no debería haber existido. Sería una niña infeliz, pero por algún enredo del destino logró nacer y, mismo con cinco meses incompletos, seguía respirando y no quería morir, aunque su prematuridad haya sido fruto del décimo segundo intento de su madre de librarse de ella. ¿Qué vida daría a una niña alguien que todavía no se había graduado, trabajaba todo el día y sería desheredada por la familia cuando todos supieran de la existencia de una niña? E aparentemente, la vida que ella buscaba salió de la vida que se fue y les dejó una vida considerablemente abastada. Con diferencia de pocos días sucedió la fatídica muerte de su benefactor, no que él fuera mala persona, pero fue realmente un buen momento para la independencia de las dos.

Si no fuera por eso, no habría terminado la enseñanza superior, no se habría vuelto una profesional de suceso, con una buena casa y todo que su hija necesitaba. Tendría que trabajar como una miserable para darle condiciones precarias a la vida que no había conseguido matar.

Ahora que miraba a la niña, con tanta vida y belleza, y que todo al final terminara bien, se puso contenta por no haber logrado matarla, pero eso porque tuvo suerte. Sin embargo, no sabía si se sentía bien con una familia así, vacía… Era una niña que se portaba bien, pero su silencio necesitaba razón porque conocía bien las palabras.

Bajo el sol agradable de la plaza, en una tarde animada, pensó haber visto un rostro conocido en la multitud, pero refutó la propia asociación, sabía que él estaba en cualquier lugar del mundo, Europa, Japón, cualquier lugar, pero no imaginó que algún día quisiera volver hasta el fin del mundo que ella mantuvo como lar.

Realmente se trataba de la misma persona. Y la madre se fijó que la hija lo había visto antes de que se diera cuenta. Aunque ella misma no estuviera segura, la niña creía que, sí, era él y la madre tuvo que conformarse con seguir a su hija, que corría cada vez más rápido con sus piernas cortitas y sus zapatitos que hacían ruido. 

Por fin desistió cuando su hija llegara tan cerca de él que era imposible haberse equivocado. Lo más interesante era que la niña se acordara del rostro de un chico que vio una vez en una foto y lo reconoció ahora en un hombre hecho, bien arreglado. Todavía él no llevaba los típicos jeans y las camisetas de una gira musical o la estampa de dibujos animados y ella misma, que llevaba pantalones de terciopelo, una blusa de satén y zapatos barnizados, lo echaba de menos.

No quería quedarse allí, ni siquiera un segundo más. Quería fingir que no lo había visto y tomó su hija en sus brazos, volviéndose para marcharse, pero la niña extendió los brazos sobre su hombro y dijo, bajo, su primera y nítida palabra:

―Papá…

Mientras eso sucedía, él dio un paso en su dirección y la llamó:

―Silvia… ¿Acaso no me reconoces…?― dijo tocándole el hombro libre y agarrando la mano de la niña que intentaba alcanzarlo.

―Nunca te conocí…― dice intentando seguir su camino, pero sintiendo el peso de la niña que se lanzaba al cuello del hombre. 

Él, con la niña en los brazos, no comprendía cómo alguien como Sivia, que cuando lo conociera no tenía la mínima vocación con los niños, estaba allí con una niña y ni siquiera llevaba un anillo de bodas, una cosa que a ella le importaba mucho en el pasado.

La niña le sacó las gafas con todo el cuidado que las manos pequeñas le permitían y miró dentro de los ojos tan azules como sus propios ojos. Ojos azul vivo, los mismos ojos, pues nada cambiara. La niña le dijo el mismo que su madre le había dicho el día en que ella abrió los ojos por primera vez, lo que era la única cosa que escuchó a su madre decir acerca de él, aunque no tenía cómo saberlo:

―Ojos iguales, ojos sinceros, confianza que no se debería tener, pero es igualmente inevitable…

Aunque la niña nunca hubiera hablado antes en la vida, tenía una buena dicción, pausada, como alguien que recitaba una historia, pero decía lo que no había dicho nunca: palabras.

Al ver la niña hablar por primera vez, aunque en aquella situación, le salieron  lágrimas por conocer la voz de su hija, quien cuidó por tanto tiempo, que crecía lentamente y pensaba muy rápido, aprendía muchísimo con poco recursos, sin preguntas, aprendía más que las otras… ¿Pero cómo? Era un misterio. Incluso había aprendido a escribir sola…

―¿Cómo te llamas, linda niña?― el hombre le preguntó gentilmente, sin esperar que la mujer le dijera, pues que su mirada le indicaba que no iba a hacerlo.

―Akasha. ¿Y cómo se llama mi padre? 

Al oír la pregunta, él miró a la mujer, como si esperara una respuesta lógica para que la niña hiciera aquella pregunta a alguien a quien nunca había visto antes.

―Matheus…

La niña, feliz, miró hacia el sol, pues que nada hubiera hecho su madre decirle lo que quería saber.

―¿Qué pasó durante todo este tiempo? ¿Eres la madrina?― Matheus preguntó a Silvia, deseando saber de dónde surgiera la niña.

―No pasó mucha cosa. Aprendí a vivir mi vida sin pensar en los otros, o todavía pensando más en mí misma, más que antes. Aprendí que amo la única cosa que la vida me dejó de noble, además de algunas otras cosas. Soy la madre de Akasha y, hasta hoy, ella no había dicho una palabra siquiera, aunque ya sepa escribir y comunicarse muy bien. Esperaba por alguna cosa que no le pasara hasta ahora. No comprendo, pues parece percibir el mundo de una manera que las otras personas no lo perciben…

―Madre… No es lo que esperaría de ti cuando éramos adolescentes. Pero es realmente lindo... ¿Por qué ella me preguntó a mí de su padre?― indagó, haciendo una breve pausa después su comentario ameno.

―Porque ella te reconoció― dice, esperando que lo comprendiera y cambiara de asunto.

―Pero no puedo ser el padre de la niña. ¿Sabes cuánto tiempo hace desde fui para el exterior?

―Seis años y ella tiene casi siete. ¿Por qué crees que no fui al aeropuerto cuando partiste? ¿Por qué crees que desmayaba en el medio del día? Era todo lo que podía hacer, después de intentar matarla por inanición y ver que quien se moría lentamente era yo. Estuve lo más lejos que pude, porque no sabía si podría interferir en tu viaje al exterior. En aquella época, eso era más preocupante que mi vida ya miserable, o casi miserable. Y la niña nació cuando todavía estábamos estudiando. Tenía cinco meses incompletos y vino al mundo después de uno de los varios intentos que hice para matarla. Ella no desistió ni siquiera cuando nació en un hospital que no tenía una incubadora específica para su caso. Aunque no pudiera, tuvo que aprender a respirar sola. Es por eso que hoy parece ser tan pequeña y frágil.

―¿Por qué no me contaste nada? ¿Realmente crees que yo consideraría eso una desgracia?

―No, pero sabía que siempre tuviste una familia bien estructurada y no comprendería lo que significa tener una familia desintegrada, cada parte en un lugar diferente. Es peor que tener una parte de la familia inexistente. Tuve una familia destrozada y preferiría que uno de ellos se matara a ponerse a llevarme de un lado a otro, que es lo que pasó. ¿Y ella? ¿Crees que va a querer que tú solo la visite para ver que está bien y bonita y luego desaparezca nuevamente? Ella esperó una vida entera para conocerte. La primera cosa que escribió fue para preguntarme de ti y, después, quería aprender piano, como si supiera que te gustaba el piano y podría tocar contigo un día.

Caminaban lentamente, pero por fin llegaron al portón de una bella casa en las cercanías, en que ella hacía mención de entrar buscando las llaves. Como la niña no le dejaría marchar, le dio permiso para que entrara.

Se sentaron para ver a la niña tocando notas delicadas en el piano mientras conversaban, pero ella solo puso atención al asunto.

―Nunca creíste en mí, ¿verdad?

―En realidad, siempre te creía demasiado. Sabía cómo pensaba y actuaba y confié en tus actitudes. Confiaba mismo cuando no debería hacerlo…

―Lo comprendo. Fui ausente contigo y creías que siempre sería así, incluso con ella… Pero ¿no te preguntas por qué volví a este fin de mundo después de tanto tiempo? No volvería si no tuviera desde aquél tiempo la idea de que viviríamos libres, viajando por el mundo, ¿te acuerdas de eso, no?

―Después de algún tiempo, sabía que no ibas a hacerse rico para tanto. Y, si tuvieras dinero, lo aprovecharía todo viviéndolo tú mismo. Sería lo más natural que esperaría de ti. No puedo más creer en nada y estoy cansada de todo eso. Vivo bien así, con ella, con mis pensamientos, mi trabajo…

―¿No sientes falta de creer en algo? ¿Estás segura de que todavía no crees en mí? Yo nunca fui nada y, aún así, Akasha es una princesita y está aquí…

―Akasha no tiene culpa de que tú existes. No creo en la escena que estás poniendo ahora. Ella merece todo esto... Creo que no tengo más nada a decirte.

―Un día te importaste con lo que pasaría conmigo. No te contradigas, pues sé que también te preocupas por ella. Y, si confiaste tanto en mí antes, ¿podrías hacerlo un poco más?

Luego, él se sentó con la niña al piano miró a una partitura con ella, que parecía comprenderlo todo sin preguntas. No sabía lo cuanto ella entendía de música, hasta que vio las obras más complicadas que ella sabía y que estaban separadas. De ellas, tocaron una de las más simples y que las manos pequeñas alcanzaban tocar sin sufrir o moverse muy rápidamente.

Se levantó para dejar la casa y Akasha lo miraba con esperanza de que se quedara, aunque se conformaba con el obvio.

―¿Por qué te vas?― preguntó sin esperar respuesta.

―Porque, si no me voy, ¿cómo podré volver?― dice, esperando que no le comprendiera, pero ella le comprendió y se caló otra vez.

CIBELE BUMBEL nació en Porto Alegre, Rio Grande do Sul, en 1989. Vivió parte de su vida allí, donde estudió en la enseñanza pública antes de recibir un auxilio de estudios del gobierno federal brasileño y mudarse para la Serra Gaúcha, donde ingresó a la Universidad de Caxias do Sul en el curso de Licenciatura en Derecho.

El día que cumplió 20 años, firmó un contracto para su primer libro, Rosas & outros contos [Rosas & otros cuentos], que escribió entre 2003 y 2008 y publicó por la Editora Biblioteca 24x7 en São Paulo. El pequeño muestreo fue suficiente para inscribirse para el sistema de la Ley de Incentivo a la Cultura, lo que resultaría en la distribución de la obra para jóvenes brasileños del sistema público de enseñanza.

Con la publicación oficial de su primer trabajo, oficializó su seudónimo “Lady Baginski”. Su producción sigue hasta los días actuales y ella pretende hacer nuevas publicaciones en literatura moderna.


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