Corbata

Un día estábamos a tontas y a locas en la casa de Flavia y, de repente, todos empezaron a hablar sobre masturbación. Los chicos contaron detalladamente como hacían y en quién pensaban, y las chicas solo se reían y desconversaban, como siempre. Cuando me preguntaron, dije que lógicamente no hacía esas cosas, porque era verdad, ¡realmente no me masturbaba! A veces presionaba la almohada contra el pubis hasta tener una sensación cálida, placentera, pero eso es muy diferente de masturbarse.

Solo evito hablar sobre esas cosas, y no es porque tenga miedo de lo que van a pensar, sino porque sé que nadie va a entenderme. Yo no puedo contar, por ejemplo, que nunca pienso en sexo cuando hago eso, porque creo que sexo es una cosa un tanto… ¿cómo lo puedo decir? No es vulgar, es mismo sin atractivo, ¿comprende? Sexo es muy simple, es solo poner la cosa allí e mover un par de veces. Es tan simple que hasta mismo los animales saben hacerlo. En lugar de sexo ―y esto mis amigas jamás entenderán― tengo la costumbre de pensar en corbatas. Sí, porque las corbatas me parecen algo muy sexy. Una corbata no sirve para nada y mucha gente no comprende que es justamente por eso que es tan sexy. Hombres no llevan pendientes, ni joyas, ni maquillaje. La única cosa totalmente inútil que pueden usar ―la única que sirve solo para atraer la atención del sexo opuesto― es la corbata. Puedes creer que es una locura, pero me parece que la corbata es una concesión que el hombre hace al universo femenino. Cuando él pone una corbata, es porque comprende que algunas cosas existen solo para atraer la atención, solo para comunicarnos sus gustos, su preferencia personal por ciertos colores y formas. La corbata es como una joya: no es una herramienta de trabajo, es un objeto que sirve apenas para mostrar quien eres tú.

Creo que es por eso que en el momento de estar a jugar con la alfombra, yo siempre pensaba en corbata. Bastaba con imaginar un hombre seductor, alto, fuerte, a aflojar la corbata delante de mí, que todo sucedía naturalmente. Mi respiración se ponía más profunda, yo relajaba, sentía el calor en las piernas. A veces me visualizaba a desabotonar su camisa, mis manos pasaban por su pecho, jugaba con la corbata, la pasaba entre mis piernas, y ya no precisaba nada más que esto para que empezara a sentir las contracciones. La corbata y una buena camisa social ya bastaban para hacer maravillas conmigo.

Por eso siempre me pareció una lástima que nadie usara corbata por la noche. Cuando un chico se acercaba de mí, no había como saber que ropa usaba durante el día, si era un bueno traje con corbata de seda o unos jeans con camisa de malla. A los pocos aprendí que los gerentes de cualquier sector usaban corbata, pero, no sé, hay una diferencia muy grande entre aquellas corbatitas de malla, que hay en cualquier tienda de departamento, y las corbatas de seda que hasta brillan cuando el tipo nos pasa cerca. Charlaba con los hombres e me imaginaba qué corbata llevarían el lunes, cuando llegaran en casa después del trabajo. No sé porqué, pero creo que una corbata de malla, de aquellas listadas, no tendría el mismo efecto que la de seda, no iba a encenderme la libido con la misma facilidad. Por eso yo preguntaba sobre el tipo de empleo, el barrio, la situación financiera de la familia, intentaba hacer una encuesta, juzgar por las estadísticas, pero no era fácil acertar. Fue entonces que inventé ese truco del almuerzo. Eso es algo inédito, algo que nunca había visto en ninguna revista femenina. Yo empezaba a salir con el tipo y buscaba una manera de marcar una cita en el horario del almuerzo. Fatalmente él comparecía con la ropa del trabajo y yo ganaba información suficiente para decidir si seguiría con él o no.

Desafortunadamente solo los casados pasaban en la prueba. Es decir, ellos no me decían que eran casados, pero eso fue una cosa que aprendí con mis amigas mayores. El tipo que no te llama para ir a su casa, o es casado o vive en una chabola muy pobre, lo que al final da lo mismo. Pero no me gustan los hombres casados ―no es por la esposa, ya que creo que una esposa pacata, que solo se pone a cuidar de los hijos, no debe molestarnos en nada. El problema es que con hombre casado no podría realizar mi fantasía de esperar el tipo en casa, sacarle corbata, desabotonarle la camisa y esas cosas de las que ya hablé. El hombre casado solo nos lleva al motel y eso, para mí, no sirve porque empiezo a sentirme una zorra y no puedo relajar. No sé porque, pero nunca me sentí bien en un motel. Mis amigas dicen: “Pero, Natalia, allí es el lugar cierto para hacer sexo. Es un lugar preparado para eso, con bañera, cama, aire acondicionado.” Pero solo en pensar en bañera de motel tengo ganas de vomitar. Y eso es otra cosa que nunca cuento para mis amigas porque sé que no me van a entender.

Pero en esa vida ni todo es de la manera que queremos. A veces tienes que contentarte con lo que te aparece. Cuando Fabio me dijo que era director ejecutivo de una empresa de publicidad, creí que usaba una corbata interesante, mismo que fuera de esas de microfibra que venden por internet. Solo después fui a descubrir que en su empresa todos trabajaban con camisa de malla y, a veces, hasta con chancletas. Parece locura, pero esas personas que trabajan con publicidad son un tanto modernas en exceso, no se importan con la ropa. Yo no me importé mucho porque él tenía un bello auto y un pequeño apartamento en Copacabana, al cual me garantió que faltaban pocas prestaciones para tenerlo finiquitado. Entonces empecé una relación con él y me acostumbré a los bares baratos, a los partidos de fútbol, al sexo en el auto mismo, ¿qué hacer?

Pero, de vez en cuando, sentía una decepción, aquella frustración profunda que ni mismo yo comprendía. En estos casos no había cómo evitarlo. Agarraba a mi almohada y pensaba en unos hombres que había visto cuando hacía eventos en el Expo Barra o en el Sul América Río. Hombres que hablaban bajo, mantenían las cejas un tanto contraídas, tenían un caminar firme, como si estuvieran siempre atrasados ―y, por supuesto, usaban las más lindas corbatas. Yo fantaseaba que un hombre de aquellos vendría hasta mi casa con una corbata roja, hablaría que había tenido un día complicado, que su jefe hubiera faltado y dejado todo el trabajo para él resolver o otra cosa parecida. ¡Dios mío, como eso me excitaba! Pero después del orgasmo me sentía mal, me preguntaba porqué Fabio era tan intransigente con eso de la ropa. Él decía que corbata era cosa de contador, no combinaba con un ejecutivo de publicidad. Le preguntaba: “Pero, Fabio, ¿ni en las reuniones?”. Y él me decía que las reuniones de la empresa eran todas en bares, porque las personas de publicidad no toleraban una reunión de verdad. ¡Ah, como aquello me dejaba mal!

Entonces, un día apareció una oportunidad sensacional. Habría un matrimonio de una amiga y le dije a Fabio que tenía que ir conmigo. Todo el mundo sabe que en matrimonios se va con traje y corbata, es decir, está escrito en la invitación: traje completo. Cuando Fabio aceptó ya empecé a imaginar una bella corbata, de tres colores, pero con los padrones geométricos bien definidos, o tal vez hasta de un único color, lisa, un poco brillante, lo que también me parece finísimo. Busqué no crear mucha expectativa, porque sabía que él no tenía tan buen gusto para ropa. Pero yo confiaba que en aquella noche yo realizaría mi fantasía. Después del matrimonio, iríamos para su apartamento, yo le diría que estaba muy guapo con la corbata, aflojaría el nudo muy lentamente, la pasaría por mi cuerpo, de repente hasta podía hacer una cosa que había visto en una película. Estaba segura que aquella noche sería inolvidable.

Mismo así, solo para garantizar, resolví preguntarle a Fabio con antecedencia.
–¿Entonces, amor? Sabes que en la fiesta hay que usar corbata, ¿sí?
–¡Qué es esto, amor! Hoy día, todos van solo con blazer.
–¿Estás loco, amor? Eso no existe. Todos llevarán corbata, ¡tú sentirás vergüenza por estar sin una!

Pero no conseguí convencerlo. El loco repitió que iba solo con un blazer y, cuando insistí, me confesó que no tenía una corbata, que nunca en su vida necesitara usar una. Delante de todo eso, tuve que tomar mis providencias. Resolví que yo misma iría a una tienda de departamento y compraría la maldita corbata. Hasta comenté con mi madre y ella dijo que hoy día las cosas eran así mismo, que las mujeres tenían que hacerlo todo, porque los tontos no tenían más la iniciativa. Yo nunca creí en mi madre, pero en ese día me pareció que tenía razón. Fui para la tienda para escoger la pieza, y sentí que algo dentro de mí cambiaba. Agarré una bonita corbata, la color del vino, con dos tipos de listas blancas, pero no sé porque no sentí aquél entusiasmo que esperaba. En el momento de pagar, el sujeto me preguntó si quería dividir el pago en la tarjeta de crédito, pero creí mejor pagarla de una vez para no estar a acordarme, durante tres meses, que acabé por pagar la maldita corbata. Así que puse la contraseña, me sentí un poco rara, triste, entonces me fui deprisa para casa con miedo de empezar a llorar. Solo en el autobús me di cuenta de que no había pedido para decorarla como regalo. Pero pensé: “¡Vaya! ¡Fabio no merece ningún regalo!” Entonces en el autobús dejé caer una pequeña lágrima, pequeñina, rápida ―aquella que antecede la menstruación, ¿sabes? Yo solo pasé la mano en el rostro y pensé que no pasaba nada. Era cosa que olvidaría rápido, tal vez en aquél mismo día.

Y fue lo que pasó. En el matrimonio de Rafaela, ya no me acordaba de nada de eso y estaba feliz, bailando, bebiendo y a todo momento arreglando la corbata de mi amor. Él estiraba el cuello, levantaba el mentón y yo pensaba: “Ah, desgraciado, parece que fuiste tú que pagaste por esta corbata”. Pero al mismo tiempo yo estaba feliz, porque percibí que le gustaba y de ahí para que pasara a usar corbatas sería una cuestión de tiempo. La corbata tiene una magia propia. A los hombres no les gusta, hasta que la usen por primera vez, después la quieren siempre. Sé de esto porque con mi hermano le pasó lo mismo.

Cuando llegamos en casa, yo estaba bien excitada. La primera cosa que Fabio dijo fue “estoy loco para sacarme esta corbata”, y yo, muy pícara, le llamé a un rincón y susurré: “deja que la saco para ti”. Él comprendió mi tono provocador y se acercó para besarme. Empujé su cuerpo contra la pared, le abrí la camisa y le besé el pecho mientras fregaba mi rostro en la corbata, mordiéndola. Gracias a Dios él correspondía y yo sentía que su cuerpo estaba tan excitado como el mío. Entonces pensé que aquella sería de repente ¡la mejor noche de mi vida! Pero enseguida pensé que no debería ser la mejor, porque quería que la mejor fuera la noche de nuestra luna de miel. ¡Si fuera la segunda mejor sería perfecto! Percibí que Fabio ya estaba muy excitado y me incliné sobre la mesa al mismo tiempo en que pensaba que iba a ser la segunda mejor noche de mi vida, pero una cosa rara me vino a la cabeza: empecé a recordar del tipo de la tienda cuando me preguntó si yo quería dividir en la tarjeta de crédito. Después me acordé que la corbata probablemente estaba en rebaja, porque delante del precio estaba escrito “Por apenas”. Y aquello no me salió más de la cabeza. Me ponía a pensar “por apenas, por apenas…” y me sentí horrible por haber comprado una corbata en rebaja. Y el peor fue que en ese momento Fabio inventó de enrollar la corbata en mi cuello y pujar, como si estuviera, no sé, domando a un caballo. Le mandé parar y él no paró, entonces le dije: “¡No hagas eso! ¡Me haces daño!” Él me contestó: “Pero siquiera lo hago con fuerza”. Y, realmente, no lo hacía, pero en el momento me dominó una rabia que no sé de donde vino y, de repente, grité: “¡Déjame ahora! Un hombre que no puede comprar su propia corbata también no me puede cabalgar!”

Y él paró. Yo solo conseguí pensar: “¿Dé donde salió esto? ¿Cómo pude decirle una mierda de esas?” Me quedé algunos segundos con los ojos cerrados, sin moverme, a pensar que tal vez él no hubiera comprendido e iba a continuar. Y, si él me jalara el pelo otra vez, juro que no me importaría. Y si él me llamara de yegua, zorra, de lo que le viniera a la cabeza, yo dejaría, incluso pudiera fingir que me gustaba. Y pediría más y haría cualquier cosa para que olvidara la mierda que yo había dicho. Pero sentí que sacaba su pene de mí y deduje que si intentara disculparme sería peor. Luego empezó a ponerse la ropa, sin decir nada. Sentí que debería hacer lo mismo. Mientras agarraba mi braga del suelo, no miré la corbata que él había dejado sobre la mesa. Me fui a acostarme a su lado, callada, y me acordé que habíamos bebido bastante. Probablemente en el día siguiente todo ya estaría olvidado.

Y, desde ese día, no pensé más en corbata. Durante un tiempo tuve miedo de Fabio terminar nuestra relación, después percibí que él me perdonaría. En la semana siguiente volvimos a hacer sexo y, mientras él estaba por arriba de mí, yo me preguntaba cómo sería mi casamiento, si yo también compraría una corbata o si sus padres lo harían. Entonces me acordé que él todavía no me había pedido en matrimonio y, de repente, empecé a llorar. Y Fabio me preguntó: “¿Qué es esto amor? ¿Qué pasa?” Yo le dije: “¡Ay, amor, de esa vez fue tan maravilloso” No fui idiota de decirle que estaba triste y arruinarlo todo otra vez.
Confieso que me puse un tiempo a pensar en encontrar otra pareja, pero el problema es que solo hombre casado coqueteaba conmigo. Después de una cierta edad, la mujer pasa a vivir una especie de maldición. Todos los hombres que se le aparecen o ya son casados o son unos completos fracasados que no ganan siquiera para un fin de semana en la ciudad de Cabo Frío. Además, terminar mi relación con Fabio sería muy desagradable, él ya conocía toda mi familia, todos me preguntaban por él cuando me veían. Sería muy aburrido explicarles a todos que habíamos terminado.

Hoy, cuando veo un hombre de corbata, simplemente miro al otro lado. Y cuando tengo ganas de jugar con mi almohada, no pienso más en corbata, ni en ropas caras, ni siquiera en hombres. Solo me la friego fuerte para pasar luego la tensión, después voy a arreglar la casa o hacer las uñas. Pero otro día oí decir que los hijos tienen la costumbre de ser exactamente el opuesto de sus padres. Cuando el padre es moderno y liberal, el hijo es formalista, autoritario, elitista. Así, tal vez mi hijo un día esté delante de mí con una linda corbata de tres colores, con una estampa discreta, elegante. O tal vez una monocromática, de seda, un poco brillante, ¿por qué no? La esperanza, al final, es la última que se muere.

RONALDO BRITO ROQUE nació en la ciudad de Cataguases, estado de Minas Gerais, pero vive en Rio de Janeiro desde 2003. 

Estudió en la Universidad Federal Fluminense, en Niterói, pero no concluyó los estudios. Trabajaba en la Caixa Econômica Federal, una institución financiera del gobierno, pero decidió dejar el puesto para trabajar en tiempo completo como traductor e intentar su suerte como escritor.

Hizo su debut con Romance Barato, publicado por Multifoco en 2010. La primera edición se agotó en solamente seis semanas. Luego publicó Duplo Sentido por la tienda Kindle de Amazon como escritor independiente. 

Actualmente trabaja como traductor independiente y escribe su próximo libro.


Traducción:


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