Desencuentros

Pidió un analgésico fuerte. La enfermera respondió que no podría darle ningún medicamento que no estuviera previsto en su prontuario, pero le prometió que así que el médico pasara por el puesto ella le comentaría su dolor. El residente era atento, vendría a verla, seguramente. Que tentara dormir. ¿Tal vez un té? 

Beatriz no si dio el trabajo de argumentar y siquiera rechazó el té, pero lo que realmente necesitaba era un somnífero fuerte y solo habló en analgésico porque imaginó que sería más grande la posibilidad de ser atendida. Sin conseguir lo que quería, se aferró al incómodo físico, expresándolo con gemidos sin energía, apenas como un artificio para no pensar, concentrada en el rumor que se le escapaba de los labios resequidos para lograr huir del único pensamiento que tenía.

Se sentía despierta como en las mañanas de vacaciones en los tiempos de adolescencia, cuando no necesitaba el despertador y se levantaba con ánimo de primavera, se arreglaba e iba a entrenar. Pero ahora era diferente y la dimensión de esa diferencia volvía más grande las ganas de fuga. Las heridas ardían y, en los intervalos del propio gemido, se le volvían las frases de él, que se mezclaban con el olor aséptico de las sábanas y le contraía el estómago.

Intentó forzar el recuerdo para situarse en el tiempo presente, pero no tenía cuenta de los días en que estaba en el hospital, sabía de por lo menos cinco “anochecimientos”. Fueran muchos más desde la tarde en que la socorrieron en la carretera.

Ninguna enfermera dijo claramente, ni el médico que interpretaba los registros en la planilla que se encontraba al pie de la cama y los aparatos a los cuales estaba conectada. Ella también prefería no preguntar, pero estaba casi segura de haber perdido el control de las piernas, pues le dolía todo el cuerpo, adentro y en la piel, pero las piernas se mantenían mudas.

Su hermana le fue a visitar cuando se despertó y tal vez hubiera ido antes también, pero Beatriz creía que eso era poco probable. ¿Y él? No quería creer que sería duro el suficiente para insistir en su palabra de nunca volverla a ver, mismo con toda la énfasis de su frase cuando supo de la situación con Amanda y con aquel gesto que deseaba ser tan definitivo ―rasgar el certificado delante de ella. No, él solo no tenía coraje para encarar sus cicatrices, ni habilidad para consolarla caso realmente no pudiera más andar, pero sí vendría a visitarla. La espera, mientras tanto, exigía más paciencia de lo que le era natural.

Esos pensamientos ―contenidos y destructivos, mal habían se formado, se despedazaron bajo el grito que hizo la enfermera correr hasta su lecho. Convulsionaba por el llanto cuando la vinieron a atender y el sedativo le fue suministrado para garantizar el reposo de los otros pacientes de la unidad.

Beatriz daba la impresión de que dormía sin dolor. Así la encontraron en la visita siguiente, cuando, finalmente, su hermana consiguió convencerlo a ir también. De inicio hasta creyeron mejor que ella no despertara, pues sería más fácil hablar con el médico sin necesidad de medir el timbre de la voz y para no correr el riesgo de que se enterara de los pronósticos desalentadores.

Después de las palabras directas del especialista, se quedaron mirando el rostro casi cicatrizado de Beatriz y las señales indescifrables de los aparatos que comandaban la entrada y salida de aire de los pulmones. A él, el remordimiento le picaba con fuerza y, en la hermana, residía una ausencia tibia, casi conformación. Sin decir siquiera una palabra, se miraron sin disimular el desagrado que le provocaba el ritmo de la respiración impuesta ―tranquila, como no solía ser antes del accidente.

MAUREM KAYNA nació en Rio Grande do Sul en 1972 y se graduó Ingeniera Forestal en 1994.

Le encantan los libros, las palabras y las bibliotecas desde niña. Tenía un blog que en 2010 publicó en formato electrónico como Pedaços de Possibilidade (“Trozos de Posibilidades”) por la editora Simplíssimo

Además, participó del libro electrónico E-contos (“Cuentos electrónicos”), en el cual su cuento fue publicado como resultado de un concurso literario, bien como 101 que contam (“101 que cuentan), una antología de cuentos.


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