Duda

Linda conoció a Olavo a los trece años. Él tenía veintiuno. Hombre alto, fuerte, de origen europea. Persona de genio fuerte, disciplinado, exigente.

Ella era la mayor de cuatro hermanas, tal vez por eso aparentaba más edad, por la responsabilidad de ayudar a la madre a cuidar a las menores.

En aquella época, el noviazgo era un compromiso serio y debía tener el consentimiento de los padres. Había reglas rígidas para salir con alguien. Solo en los fines de semana, con hora marcada y la familia cerca de la pareja. Dejar a la chica sola con su pretendiente era algo inimaginable.

Puesto que él ya trabajaba, era mayor, demostraba ser responsable, no tardó hasta que se casaran. Se cumplieron los rituales de costumbre, es decir, propuesta de compromiso y celebración. Ella tenía, entonces, 16 años.

El marido siempre tenía la última palabra —además de, por supuesto, dictar todas las reglas de la casa como si fuera el comandante de un cuartel.

A despecho de la rigidez del marido, de la falta de demostración pública de afecto, buscaba proporcionar confort y diversión para la familia.

En realidad, para ser justo, ella, la esposa, demostraba temor frente a él y por eso celaba por el fiel cumplimiento de los deseos masculinos. Tenía miedo de que él se enfadara. Cuando pasaba eso, él se volvía grosero frente a cualquier persona. Ella ni siquiera pensaba en cuestionar sus órdenes. Se volvió en una fiel capataz del hogar —o ayudante de órdenes, caso estuvieran en un cuartel. La hora para levantarse, para la comida, para estudiar, para bañarse y para acostarse era cumplida al pie de la letra, lo que aburría a los hijos. Ruidos en el momento en que el marido dormía la siesta era un sacrilegio. Bueno, eso si ella fuera católica... Como no era, las reglas se cumplían sin cuestionamientos. Las reglas servían para reafirmar la autoridad de alguien que tenía un rol arduo que desempeñar, considerando, por supuesto, la educación severa que había recibido de los padres, que habían venido de Europa, castigados por los sufrimientos pasados.

El amor no aparecía. Se volvía sufocado por la autoridad.

Por mucho tiempo la vida familiar siguió así. Ella celaba por el cumplimiento del ordenamiento dictado por él referente a la casa, a los hijos, al perro y a los deseos propios del hombre —y de lo que ella denominaba “deberes conyugales”.

Como había sido alfabetizada por su madre, ella no había estudiado en escuela regular y ninguno de los dos pensaba que ella pudiera tener un empleo. Sin embargo, en un período de mayores dificultades, ella empezó a trabajar en casa, cortando el pelo de otras mujeres. Aún economizaba cortando el pelo del marido y de los hijos. Había aprendido el oficio con una amiga que vivía cerca.

La vida seguía en un ritmo lento, sin imprevistos, desvíos o contra órdenes hasta que él se dispuso, gentil y abnegadamente, a enseñar a la prima de Linda a conducir. Una bonita joven, soltera, alegre, bien educada, profesora y que quería aprender a conducir para tener su propio coche.

En el principio la esposa salía con ellos, pero, con el tiempo, las clases pasaron a ser más frecuentes. Y ella ya no podía dejar a las clientas, las tareas en la casa, el cuidado con los niños que ya estaban crecidos.

Entonces, los dos, Olavo y la prima Vanda, pasaron a salir solos para las clases de conducción —interminables clases. Hasta que el volcán que estaba durmiendo (o sometido a las reglas del dictador y que ella, con el tiempo, sin darse cuenta, había asumido como suyas en nombre de una convivencia aparentemente harmoniosa) explotó. Y ella explotó de manera tan intensa que el marido no tuvo palabras para convencerla de su inocencia y, sobretodo, de la inocencia de la prima a quien ella consideraba como una hermana.

Había llegado así la vez de él callarse.

Ahora era ella quien daba las órdenes. ¿La prima? Nunca más la visitó, ni permitió que entrara otra vez en su casa. Comunicó a las hermanas que deberían elegir: o ella, o la prima. No habría lugar para las dos en la convivencia familiar.

Linda y Vanda jamás volvieron a hablar.

En casa, el asunto se murió.

ISABEL VARGAS es profesora y abogada, jubilada del servicio público. Se especializó en Lenguaje y Tecnologías, con aproximadamente 300 publicaciones en el Diário da Manhã  de Pelotas, Rio Grande do Sul.

Contribuyó con las publicaciones de la Câmara Brasileira de Jovens Escritores (CBJE) [Cámara Brasileña de Jóvenes Escritores] y participó de la publicación de más de 100 libros.

Es miembro de la Academia Virtual Sala dos Poetas e Escritores (AVSPE) [Academia Virtual Sala de los Poetas y Escritores] en Balneario Camboriú, Santa Catarina, de la Asociación Internacional Poetas del Mundo, en Chile, del Clube Brasileiro da Língua Portuguesa [Club Brasileño de la Lengua Portuguesa] en Belo Horizonte, Minas Gerais, del Portal do Poeta Brasileiro [Portal del Poeta Brasileño], de Confrades da Poesia [Confrades de la Poesía] de Portugal, de la União Hispanoamericana de Escritores [Unión Hispanoamericana de Escritores] y del Portal Cá Estamos Nós (CEN) [Portal Aquí Estamos Nosotros].

Recibió varios premios, entre ellos el Primer Lugar en Cuentos y Crónicas, además de menciones honrosas y destaques en crónica, cuentos y poesía. Escribió el prefacio de obras publicadas por la Editora Celeiro de Escritores e incluso ha hecho revisiones literarias y publicado sus trabajos en la revista Varal do Brasil [Tendedero de Brasil] editada en Suiza.


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