El escapista

Cuando entró al recinto, el sol de la tarde atormentaba a los santos inmortalizados en los vitrales coloridos. Una luz de colores mezclados destilaba de las imágenes de vítreo, bañaba la iglesia, y le daba un toque de santidad y solemnidad. Al dar sus primeros pasos, fue recibido por el calor de ese ambiente; sentía como si arena vieja raspase su piel. Sus poros reaccionaban al calor de ese día de febrero, respondiendo con un sudor frío que se deslizaba por su espalda, haciendo que su camisa se pagara contra su piel. Estaba totalmente convencido de las razones por las que estaba ahí, y decidido sobre las acciones que tendría que tomar a partir de ese momento en adelante. Estaba tan ocupado pensando en ello que pasó por alto que el sudor que parecía destilar por su cuerpo se debía al nerviosismo. ―Maldito calor― dijo al final, mientras se tomaba la camisa del cuello y la sacudía para poder refrescarse un poco.

La temperatura parecía aún más alta en aquél suelo sagrado que tenía poca ventilación, tanto que hacía que los conceptos de cielo e infierno parecieran irónicos; un inconveniente que llevaba a los fieles a evitar las peregrinaciones durante las horas pico. Por lo tanto, la escena con la que se enfrentó el hombre era exactamente lo que había esbozado en su mente días antes: haciendo poco de relleno para las innumerables filas de los grandes bancos, los escasos pecadores y muchos otros se encaramaban en frente del altar, por lo tanto, al verlos, en ese mismo momento, recordó que sólo dos arrepentimientos arrebatarían a quien estuviera postrado en ferviente devoción sin importar el problema que cargase la persona, si no era la culpa, sería la desolación. Las ovejas pérdidas sólo responden a esto; no hay promesas de pastos, pero sí cuando de ella sobra tierra desnuda, pensó. Las miraba con desdén, y al mismo tiempo entendió que las odiaba. Había elegido el momento adecuado después de todo.

Sus pasos firmes resonaron en la sala mientras se dirigía hacia el altar, girando a la derecha justo antes de llegar a él. Así pasó desapercibido por la mayoría de los fieles e infieles, dedicados a aliviar su dolor, alejándose del resto del mundo. Así siguió su camino sin enfrentarse a obstáculos a lo largo de su trayectoria, dirigiéndose a una estructura de madera tallada con diseños florales que estaba en el fondo del apéndice de la iglesia. El mueble estaba compuesto por un compartimiento gran central, donde habían grabado una gran cruz en la puerta, y un anexo lateral, rodeado por una cortina púrpura pesada de terciopelo que se desprendía de un semicírculo situado en la parte superior de la estructura principal. Sin embargo, a pesar de su refinamiento incongruente, su posición estratégica en las sombras de la iglesia garantizaba su uso con alta privacidad. 

En ese momento, la cortina estaba cerrada, aislando los secretos que ahí se guardaban del resto del mundo. Por suerte, en cuanto el hombre se acercó, una señora corpulenta y de rasgos duros abrió camino tras la tela púrpura con manos resecadas y abandonó el confesionario. Desarrugó su falda larga, enderezó el pañuelo que tenía en la cabeza y se alejó con un llanto manso, sin tan siquiera darse cuenta de la presencia de otro a pocos pasos de distancia. Ajenos al resto del mundo, recordó, incapaz de controlar el esbozo de una sonrisa que la buena fortuna plasmaría en su rostro. 

Sus ojos se movían furtivamente por encima de los hombros, mientras se dirigía hacia el confesionario. Por fin, se cubrió en el crepúsculo de la cortina y dejó de estar al alcance del mundo. En su nuevo universo rodeado por la tela púrpura, tanteó con los pies un pequeño taburete. Al arrodillarse, se colocó frente a la rejilla que dividía su lado con la del padre. Instintivamente, se aclaró la garganta tratando de llamar la atención por sí mismo para poder empezar:

―La bendición, padre. 

―Que Dios te bendiga, hijo mío ―respondió el padre dentro del cubículo de madera. 

A pesar de que eran pocos los fieles quiénes mostraban interés en los períodos de verano, el sacerdote de esa comunidad, un hombre simple y de semblante cansado, se mantenía fiel a sus deberes eclesiásticos. Devoto al ayuno y encargado de mantener las costumbres, era famoso en todas las parroquias de los alrededores, tanto por el clero como por la comunidad, por su enorme sabiduría y serenidad. Muchos recurrían a sus palabras en la búsqueda de solucionar los problemas que cargaban y realmente creían en la absolución de los pecados, si así él lo declarase. Todos lo procuraban por su conocimiento, y por su conocimiento, él lo buscó.

―Dime, hijo mío. ¿De qué pecados te arrepientes? ―continuo el padre ceremonialmente. 


―Bueno, señor―enmendó el hombre desprendido, mientras enderezaba su espalda―.Yo cargo muchos pecados, ¡oh, cuántos cargos! Sin embargo, no vine a hablar de ellos hoy. Dejémoslos donde están, que ahí no harán ningún daño. Son inofensivos―y luego, como si recordara algo, se corrigió.―Ayudarán ciertamente. ¡Ayudarán! ¡Escuche lo que digo! En fin, Padre, no permita que me aleje de aquí y pierda el hilo de nuestra conversación, que eso se me da. No, padre, no he venido a hablar de mis pecados. Mi objetivo es otro. Vine a hablar del pecado de Dios.

La última oración, dicha con malicia, causó un inmediato y momentáneo estado de torpor en el anciano. Recuperándose, se acercó a la rejilla hasta casi rozarla con la nariz y apretó los ojos mientras trataba de definir una cara del otro lado bajo la penumbra.

―Ora, hijo mío, que Dios es benevolente e infalible. Jamás, escúchame bien, jamás habrá ningún pecado cometido por Él, esto te lo afirmo. 

―Ahí se equivoca, Padre. Sí hay un pecado. Un solo y aislado caso de maldad. No tan evidente como los deslices tan expuestos que cometemos nosotros. Robo, homicidio, estupro. ¡Corrupción! Ah, pero ni la corrupción se puede comparar con este pecado. No lo vemos, Padre, ¿entiende? Es algo tan sutil, tan elegante, que para todos pasa por desapercibido. Pero le digo, no hay mayor perversidad que el mal que ahí habita.

―No estoy de acuerdo con nada de lo que dices, chico. Sin embargo, ―reflexionó el sacerdote―, si quiero ayudarte con tu angustia, porque ciertamente la hay; antes, necesito entenderte. Dime, ¿de qué pecado estás hablando?

―Nos dio la eternidad. Así sola. Nada más, nada menos ―dijo el hombre lentamente, como en un susurro pesado.


Con el impacto de la revelación, el sacerdote se apartó de la rejilla que lo separaba al desconocido, como si se hubiera dado cuenta de que estaba en peligro. No tanto por el lugar, sino por la compañía que tenía en ese momento. Durante unos segundos, sólo se escuchaban Padres Nuestros izadas a los cielos por los fieles frente al altar. Mientras tanto, al otro lado de la red, estaba seguro de que el hombre sonreía.

―Entiéndame, padre. Para el camino que voy a seguir, necesito que me entienda ―el hombre reanudó terminando el silencio―. Descífreme, ¿no era esto lo que decía la Esfinge? Bueno, descífreme, Padre.

― ¿Y si fracaso, también me devorarás? ―preguntó el vicario.

―No sea imprudente, Padre. Esto sólo se sabrá después de que usted me entienda―dijo el joven. Cada frase lanzada, para el sacerdote, parecía como si una trampa para osos hubiese sido armada. El máximo cuidado era requerido para saber en dónde colocar los pies. 

―Está bien, está bien, trataré de entenderte. O mejor, te comprenderé, hijo mío, sólo que no estaré de acuerdo con tus argumentos, pero sólo con esto ya habré cumplido con aquello que pides. Sabes, tengo muchos años en el servicio de Dios. Han sido muchos a los que he encontrado con su fe abatida. Pero tú... tú eres diferente, muchacho. Dime ahora que la bendición de la eternidad, el tesoro de los elegidos, es una desgracia. Que habérnosla dado fue un pecado cometido por Dios. Tengo curiosidad, confieso. ¿Cómo? Dime. ¿Cómo es que la vida eterna puede ser algo malo?

―Como ya he dicho, es algo sutil y elegante; un pecado, en efecto, sólo concebible y practicable por una deidad. La gran mayoría sólo se da cuenta cuando ya han sido consumidos. Dígame, Padre, ¿cuántos años tiene?

―Setenta y cuatro.

―Bueno, setenta y cuatro. Hagamos la cuenta. Por favor, sígame, ¿sí? Le tomó siete años para poder entrar en una escuela. Allí, aprendió a leer, escribir y lo básico de las ciencias humanas. De esta manera, usted pasó once años de su vida. Agreguemos otros tres años para evitar cualquier margen de error en nuestro cálculo, de peregrinación por el mundo hasta decidir ser sacerdote. ¿Estoy en lo cierto? Oh, vamos, tres, cinco o diez años no es nada en comparación con el resultado final, dejémoslo así. ¿A qué llegamos? Oh, sí, al inicio del celibato. En el seminario, supongamos que son otros ocho años hasta finalmente estar listo para el oficio. Entonces, podemos decir que ahí ya era un sacerdote, ¿no es así? No sólo por poseer el sacerdocio, pero sí por cargar con usted los conocimientos que un sacerdote debe tener. ¿Escuchó? Conocimiento. Mantenga eso en mente. Después, siguieron muchos años de predicación, de vivir, por supuesto, de aprender. Y ese proceso se mantiene incluso en este mismo instante, usted, está aquí delante de mí, con una edad de setenta y cuatro años, y sigue aprendiendo. Ahora, supongamos que usted viva otros setenta y cuatro años, pero se ha cansado de la vida religiosa. Dejó todo para ser un ingeniero. En todos estos años, usted habrá adquirido todo el conocimiento que un ingeniero pudiese aprender. Pero, no podemos dejar a un lado la sabiduría que usted ya cargaba como sacerdote. Por lo tanto, en este futuro ficticio, usted poseería tanto el conocimiento que tiene un sacerdote al igual que el de un ingeniero. Hasta ahora sólo utilizamos ciento cuarenta y ocho años de la eternidad. ¿Ve adónde quiero llegar, padre?

―Sinceramente, no veo nada, joven. ¿Cómo puede el conocimiento ser algo malo? Estás muy confundido y perdido en tus propios pensamientos. Ven, deja que te ayude.

―Aún no, padre, aún no. Después. Después dejaré que me ayude. A mi manera, o, a la suya, veremos cómo podrá convenir. Usted será útil, esto se lo puedo asegurar. Ahora quiero mostrarle los peligros de la sabiduría. ¿Padre, ya había escuchado que la ignorancia es una bendición? Pues, así es. El problema es que el señor no ve la magnitud de la situación. Enfrenta sólo apenas una parte de ella, cómo lo hacían nuestros antepasados al creer que el mundo era plano. ¡Ah, qué feliz eran, le digo! Lo lamento mucho, pero será necesario tomar ese pedacito de ilusión y llenarlo con la verdad. Sé que parezco paradójico al querer enseñarle mientras apoyo la ignorancia, pero esta lección valdrá la pena. ¡Será la salvación! Entienda, Padre, lo que usted está ignorando es esencial. ¡Se olvidó de la eternidad! Este es el primer paso. Claro, en la existencia mundana, usted no tendría más que unos diez o quince años; no es que le desee algún mal, de ninguna manera, pero el Señor sabe que esta es la verdad. ¡Sin embargo, hablamos de la eternidad! No son siglos, ni son milenios, pero sí todo un período existente en el tiempo.

―Aun así, no conseguí ver ningún maleficio, cómo dices que hay. 

―Ahora no, padre. Por favor, no me interrumpa. ¡Se pierde el hilo de razonamiento, y puede ser que nunca lo encontremos! No hay ninguna Ariadne dispuesta a ayudar a los pensadores. Es lo que yo digo.- El hombre se acercó a la rejilla manteniendo su discurso emocionado, gesticulando efusivamente las manos sin darse cuenta de que nada de lo que hacía era visible para el padre.- Vivimos porque hay un mundo de misterios. Existe lo que no entendemos. Si ya lo sabíamos desde un principio nos hemos engañado toda la vida. Con la eternidad, seguramente, lo conoceremos absolutamente todo. Hasta el mínimo detalle para ser más realista. ¿Entiende el peligro ahora? Con la eternidad, perderemos el interés en todo, pues ya habremos desvendado los misterios de toda una existencia. Y es en ese mismo instante, cuando llegaremos a un estado peor que el no- existencial. Una completa y definitiva indiferencia. He aquí la belleza en todo, si así se le puede llamar. Tenemos este monstruo escondido en la sombra de la mayor promesa hecha para la humanidad. El mayor maleficio trabajando con el beneficio mayor. Este es el pecado de Dios. Esta es la carga de la vida eterna. Ahora dígame, padre... ¿me descifró? 

Desconcertado, el sacerdote se negaba para sí estar en cualquier acuerdo con las ideas que se planteaban. Se acordó de lo que había dicho cuando comenzó la plática, “te comprenderé, hijo mío, sólo que no estaré de acuerdo con tus argumentos” Por ahora, no lo había descifrado, y más, temía estar en duda en cuanto a la segunda parte.

―Debo admitir que aunque no esté de acuerdo con lo que dices, no deja de ser algo fascinante. Veo que eres un pensador, hijo. Podrías hacer la diferencia en el mundo si utilizaras lo que tienes de otra forma. En este camino que elegiste, sólo estás desgastando tus energías. Mira, reafirmó, todo es muy interesante, pero no hay cimientos en esta estructura que edificas. Por ejemplo, a mí me parece que estás subestimando la cantidad de los misterios del cosmos y de la vida. Estos también son infinitos. ―declaró el sacerdote con un aire victorioso. 

―No, padre, no fui tan ingenuo. Estoy muy consciente de la carga que esto representa. Lo que pasa es que estamos trabajando con las fuerzas colosales, de esas a las que no estamos acostumbrados. Veo el conocimiento y la vida eterna como dos en paralelo, pronto se encontrarán en el infinito. ¿No es lo que dicen los matemáticos? Y, es así. En este juego, en algún momento, descubriremos todo.

―Si se niega a este argumento, también tengo otros. Creo que usted también está sobreestimando la capacidad de la mente humana. Somos frágiles y rompibles. Nunca soportaríamos la complejidad de los secretos de la existencia.
―Una vez más, es el Señor quien está subestimándome, padre. Ya me puse en el lugar del Señor, pero fue antes de darme cuenta que estaba equivocado en considerar la mente humano dentro de todo esto. Este órgano es limitado, está hecho para almacenar una experiencia mundana. Nuestra otra esencia, lo etéreo, el alma, esto si está listo para el conocimiento infinito. Al no ser así, la noción misma de la vida eterna se derrumbaría; seríamos sólo espectros que simplemente no recordarían ningún pasado.

―Entonces, permanezca en el paraíso sin buscar el conocimiento. Toca el arpa con los Querubines y sólo al hacer esto estarás fuera de cualquier peligro. ―condenó nerviosamente el sacerdote después de ver cómo dos de sus argumentos eran refutados fácilmente por el desconocido, como un experto lo hace con cualquier tópico irrelevante. 

―Está siendo un poco simplista ahora, padre. El conocimiento viene no sólo de manera activa. Gran parte de él nos llega de manera astuta y pasiva. Acompáñeme en esta experiencia ficticia. Tome como conejillo de indias, o sujeto, si así lo prefiere, un hombre común del campo, de aquellos que de la escuela sólo aprendieron el abecedario. Tenemos muchos de estos por aquí. Bueno, ahora imagine que aislemos a este hombre durante toda su existencia, libre de cualquier influencia externa. Retirando la naturaleza hermética del aislamiento, que de igual manera tenemos algunos por aquí. ¿Cree el Señor que al final de la vida de este hombre no habrá aprendido nada? Creo que estará de acuerdo conmigo en que con los años él irá aprendiendo cuáles son las mejores temporadas para la siembra y la cosecha, y tan sólo con observar sabrá identificar que vientos traerán la lluvia. Todo esto es conocimiento. Primitivo, rudo, pero aun así es conocimiento. Aquí viene la parte sorprendente de esta amalgama que insisto en mostrarle la diferencia que hace; ¡la eternidad! Pues, le digo; sin duda, en una eternidad, este mismo hombre, éste subsista simplón, habrá pensado en todo lo que ya pensó Platón, Voltaire y Confucio. Recitará las obras completas de Shakespeare y Borges, así como publicaciones seriadas en periódicos oscuros y baratos. Cuando no hay límite de tiempo, todas las combinaciones de frases y pensamientos posibles habrán ya existido. Dentro de los límites del universo, este mismo hombre habrá hecho una autopsia de la creación.

Asombrado, el religioso decidió no cuestionar más sus convicciones, ya que se mostraban inquebrantables, pero sin sondear las intenciones del muchacho, ya que estas eran inquietantemente emblemáticas.

―Si es tan cierto lo que dices... Dime, hijo, ¿por qué has venido a verme? 

―Para que me cambie de parecer.

― ¿Convencer? ―se sorprendió―. ¿Convencerte de qué? Por lo que escucho, tú crees en Dios. Tanto crees en Él que ya le has creado variadas suposiciones. ¿No es así? 

―Sí, creo.

― ¿Y a qué se debe que las bases no estén firmes en su interior, y permitan que haya espacio para la duda? 

―Que hay una salida. O mejor, que hay otra salida, más allá de esta que ya encontré.

― ¿Te refieres a una solución para la completa apatía del saber absoluto? ¿Y cuál sería esa salida?

―Padre, ¿Oye a los fieles allá afuera? ¿Escucha esa oración continua? ¿El murmullo dolido? Ellos viven con ignorancia, incluso negación, pero ahí, sólo allí, está la salida. No, no estoy diciendo que la oración en sí sea la solución, pero sí es lo que los trae aquí. El martirio. Sólo la oración puede aislar la mente del mundo, negar la entrada de cualquier aprendizaje pasivo. En el dolor, en el sufrimiento insoportable, olvidamos todo. ¡Nos olvidamos incluso de quién somos, dejando sólo la afirmación pulsante de la idea de ser! ¡Somos algo, y queremos sobrevivir, queremos escapar! Por lo tanto, sólo el sufrimiento nos salvará, padre. Y para la eternidad, sólo un tormento sin fin.

―¿No estás diciendo...?

―Sí. El infierno. Sólo allí mi mente estará libre de las influencias del aprendizaje y podré, sólo ahí, existir eternamente y para siempre.

―El camino hacia el infierno tiene un precio muy alto, hijo mío. No digas tonterías, confía en el Señor, y entrégale todas tus angustias, pues Él sabrá cómo remediarlas. Llegas a blasfemar y decir cosas que van mucho más allá de tu entendimiento. Tú no me pareces el tipo de persona que merezca el infierno, sólo estás perdido en la propia locura. ¡Te convenceré, hijo mío, ya verás!―Fue preso del pánico llevándolo a caer en la religiosidad, mientras alzaba las manos fervorosamente al cielo.

―Espero que lo logre, padre. El Señor tiene razón al decir que mis pecados aún no pagan la entrada al infierno. Creo que lo peor que hice en contra de Él fue exactamente cuestionarlo. Por eso, necesitaba verle, padre. Por eso, necesitaba venir. Sé cuán justo y sabio es el Señor, y si el Señor no puede darme una explicación, nadie más podrá. Sí, otra, porque cómo ya dije, tengo conmigo una salida. No se lo tome personal, padre, pero tendré que matarlo.

Un temblor creciente tomó control de las piernas huesudas del clero después de haber escuchado su sentencia de muerte. Un frío le recorrió el pecho como si centenas de arañas glaciales saltaran de extremidad a extremidad. El corazón acelerado parecía comprimir sus pulmones de modo que después le hacía falta el aire. Al levantarse bruscamente de su asiento, dejó caer la mano sobre la manija del confesionario y gritó en dirección a la rejilla con furia fingida: 

― ¡Usted ya rebasó los limites! Las amenazas ya son un delito. No estaré ni un segundo más aquí, pues Dios comprende y perdona la auto-defensa. 

―No, no. Por favor, siéntese, padre. Y a partir de ahora, nada de gritar. Estamos en una iglesia, ¿no es así?- irónicamente, dijo el hombre.- Tengo mi arma apuntando para el Señor desde que comenzó nuestra conversación.- Al mismo tiempo, dio tres golpes contra la pared del cubículo con el cañón del revólver, causando un estruendo debido al golpe en seco contra la madera.- No consigo verle a ciencia cierta, de hecho, pero es difícil que un tiro por esta tela falle debido al pequeño espacio como este. Siéntase, vamos. No dije que lo mataría pronto. Deme alguna razón y lo dejaré vivir, esto es un hecho. Resulta ser que yo no quiero su muerte, pero antes de esto, no quiero el paraíso. Si ésta fuera la única forma de alcanzar mi condena entonces no lo pensaría más. 

―Hijo, no, hijo. No. Escucha. Escucha lo que estás diciendo. ¡Es una locura! ¡Ah, has enloquecido! ¡No destruyas tu vida con estas aberraciones que inundan tu mente! Si disparas, después los creyentes que están aquí escucharán los disparos y llamarán a la policía. ¡No, no eches a perder tu vida! ―suplicó el sacerdote, mientras regresaba a sentarse en su silla bajo la penumbra del confesionario. Aunque con poca luz, juró que ahora veía un reflejo metálico apuntando hacia su dirección.

―El Señor no debe haber entendido todo mi plan, padre. Si fuese así, si no hubiera otra manera, no sería solamente su sangre la que derramaría hoy. Después de haberle quitado la vida, el segundo tiro iría para mí. 

― ¡Oh, Cielos! ¡Enfermo! ¡ Usted está enfermo! ¡Por el amor de la Virgen, póngale un fin a esta locura! ¡Ah, hay una razón! ¡Oh, cuántas razones hay! Hijo, el mismo suicidio es un pecado atroz. Es el rechazo de la vida dada por Dios. Con tan sólo quitarse la vida, ya habrá encontrado lo que busca. Por favor perdóneme la vida.―El llanto y la coriza del padre trataban de llevar un poco de humedad a su boca seca, donde la lengua pegada en al paladar recordó sus peores días de ayuno.

―Al parecer, los setenta y cuatro años portando la sotana no lo hicieron menos hombre, ¿verdad, padre? «Mátese, pero déjeme.» Una respuesta cobarde, pero la acepto. Sin embargo, hay un desliz en este camino. ¡No se olvide de la fractura del purgatorio! Si sigo este camino que el Señor me ha indicado, corro el riesgo de la condena que me pondría en ese lugar; y, sabemos que lo único que hacen los que se sufren ahí es pensar y repensar sus errores, y mediante esto llegar a un aprendizaje. Entonces, cuando se purifican, ascienden a los cielos. No. No puedo tomar esa dirección, padre.

―No. No. No ¡Piensa, piensa! ¡Oh! Sí, mira, ¿crees en la reencarnación? Nosotros, como católicos y cristianos, negamos la existencia de otras vidas mundanas. Sin embargo, ¿quiénes somos nosotros para establecer verdades acerca de la otra vida? ¿No es así? ¿No? Muchas religiones afirman esto. ¡Toma a la India como ejemplo, adoran hasta a las vacas! ¡Vacas! ¡Mira a los espiritistas y sus regresiones! ¡He aquí tu salida, joven, he aquí tu salida! No temas, porque después de la muerte, el olvido llega a campo abierto para una nueva experiencia de vida. Así que nunca, nunca será capaz de llegar al total conocimiento. ―completó finalmente todo cianóticamente. Ahora el sacerdote exclamaba frenéticamente en busca de aire para sus pulmones. La urgencia era tan grande que no le dio importancia al calor húmedo que bajaba por sus piernas.

― ¿Negó su moral y ahora niega su fe? Por desgracia, aprendí mucho con el Señor hoy, padre. A pesar de todo, tan humano como todos. Pero, ahora me trae una novedad. Nunca había considerado la reencarnación. Será que… sí, si fuese así, sería una salida…

― ¡Sí, sí! ¡Una salida! ¡Gloria! Mira ahora, mi buen hombre. Ahora mira. Vamos a salir por un poco de aire y revivir nuestro espíritu. ¡Ahora mira! Esta es la belleza de la vida. Siempre nos ofrece una solución a nuestros problemas. Escrito firme en líneas torcidas, ¿verdad? Olvida el infierno, pues todavía nos esperan muchas vidas limpias de recuerdos pasados. Viviremos ambos, y sólo esto importa. Ahora vayámonos. Levántate y andemos. Todavía nos espera un hermoso día allá afuera. ¿Acaso no lo es? Dime. ¿No lo es? ¿No lo es? 

―Perdóneme, padre. ¿Pero acaso yo dije que correría este riesgo?

VITOR DE TOLEDO nació en el estado de São Paulo en 1987. Desde niño, estuvo fascinado por el potencial de creación que tiene na literatura, lo que permitió que mundos fantásticos ocuparan su mente.

Empezó a escribir a los 16 años, pero hoy dice que es lo suficientemente sabio como para nunca dejar que esos primeros manuscritos vean la luz.

Se convirtió en un cirujano dentista en 2009, pero sigue siendo un apasionado de los libros. Hoy en día, publica sus escritos en Recanto das Letras [Rincón de las letras] y en los desafíos del sitio Entre Contos [Entre cuentos].


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