El martirio de Frederik


Estaba yo parado a la orilla de aquel río de aguas profundas e infinitamente oscuras. Mis ojos ardían y mis lágrimas no parecían tan dulces como las aguas que corrían libres por el río.

Yo contemplaba el paisaje mientras mi cuerpo se destrozaba por los sentimientos de amargura e impotencia. Si corriera hasta cansarme, o indefinidamente me detuviera allí parado, no cambiaría el agotamiento del espíritu, tampoco cambiaría el odio que brotaba de aquellos sentimientos míseros que se volvían una cimitarra ensangrentada e impalpable. Las hojas verdes y el viento calmoso, sombrío y frío me ponían la piel de gallina. Yo debería estar muerto nuevamente.

Él era un lindo hombre, preso en toda su masculinidad... Y yo, nada más que un niño indefenso, pálido y sin vida. Quisiera ver la vida que jamás tuve pasar delante de mis ojos antes de morir perpetuamente. ¡Qué triste perplejidad ese interpuesto!

Pude verla, entonces, por primera vez. La lápida fría del otro lado del río, deteriorada por el tiempo, pero aún firme, esperando qué sepultar. El juego se acabó para mí, hace algún tiempo ya, lo sé. Sin embargo, me habían dicho que el suicidio era indoloro, pero aún sigo sosteniendo esa lámina de plata que empareja el frío, el miedo y una triste resolución.

Quería escuchar una vez más cada palabra perra que sale de su boca, palabras que nunca pude entender. Un poeta me ha dicho una vez “que su único placer era su poder, incontestable, de crear nubes blancas que entraban y salían de sus pulmones”, pero hoy veo que la única fórmula para hacerlo no es el dulce placer de mirar a la minúscula llama que quema cerca de los labios, pues de mis labios salen las dulces nubes se crean por el frío de mi débil respiración que espera caducar lo antes posible.

Quería permanecer aquí hasta el próximo amanecer, pero es demasiado tarde para arrepentimientos y solamente me sobran los últimos martirios. De cierta manera, envidio a ese hombre discreto que vive dentro de mí, aunque él fallezca esa noche en mi compañía sintiendo el dulce sabor de la plata. 

ARTHUR OLIVEIRA, también conocido como Bobby, empezó a estudiar Medicina en 2011.

Poeta y escritor desde 2006, actualmente se dedica a la facultad, pero sigue publicando sus trabajos en el blog Planeta Translúcido / In Der Palästra.


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