La clienta


Yo entraba en el banco cuando sonó mi celular. Reculé de la puerta giratoria y lo contesté. Era Suely.

–Dime, cariño– le dije.

–Acevedo tiene un cliente para que atiendas, mañana por la noche.

–Perfecto, lo resuelvo– le dije –¿Quién, dónde y cómo?– pregunté, siempre las mismas preguntas básicas.

–Te envío las informaciones por correo electrónico. Estoy usando una dirección del Hotmail y te llegará como Clotilde, ¿vale? No te olvides de leerlo y luego borrar todo, incluso el basurero.

–Tranquila, mami, todo es cien por ciento seguro. Y, a propósito, ¿cuándo vamos a dejar de tanta seguridad y quedarnos a cenar para conocernos personalmente?– dije, todo encantos, pero ella ya había colgado.

Salí del banco después de confirmar el saldo negativo. Aquel cliente me apareció en buena hora. Yo no había tenido un centavo siquiera para comprarle un regalo a mi hija. Estaba casi firmando un certificado de pobreza. Dos días antes había ido a la casa de su mamá solo para darle un besito y felicitarle, pero con las manos vacías. Ella me cobró una muñeca que tenía no sé cómo el pelo y yo solo le decía que papá se le iba a traer.

Recorrí los alrededores en busca de un cibercafé. Entré en uno inmundo y oscuro que encontré en la calle São Bento. Mientras descargaba el correo electrónico de Suely, sentía las pulgas que subían por dentro de las piernas de mis pantalones. Copié las informaciones en el papel interno del paquete de cigarros y me fui.

En el camino para casa leí con calma las instrucciones. El cliente era una mujer. Y joven. ¡Mierda, ya le dije a Acevedo que solo trabajo con hombres! Que con mujeres tengo dificultades, corro el riesgo de siquiera lograrlo... Pero de nada sirve hablar; él solo oye lo que quiere oír. Sin más ni más, me envía una dueña como clienta. Pero tengo que aceptarlo, pues trabajo es trabajo.

Veinticinco años, alta y delgada, muy bonita. Novia de un comerciante de cincuenta y ocho, celoso. Solamente con esas informaciones logré comprenderlo todo, incluso el motivo porqué me habían contratado.

Acevedo con los pagos es fiel como un perro. A la mañana siguiente mi comisión ya estaba en mi cuenta bancaria, adelantada, tanto dinero como para estar forrado. Debe haber sido bueno el montante del contrato.

Por la tarde pasé en el shopping y me compré una camisa nueva. Me gusta estrenar una pieza nueva a cada nuevo cliente. A veces calzoncillo, a veces camisa. Es una tradición que tengo, para tener suerte. Le compré incluso una muñeca para mi hija, con muchas ganas de verle la sonrisa.

A las diez de la noche estaba yo en la esquina, distante unos cien metros, mirando por los binoculares la fachada del gimnasio. Gimnasio padrísimo. Solamente coches lujosos salían del estacionamiento. Segundo las informaciones, ella se iba a casa a pie, vivía cerca. El carroza la cuidaba muy bien, esto era evidente. La membresía de un gimnasio como aquel debería costar unos cuatrocientos por mes. Yo ya había fumado medio paquete de cigarros y nada de ella salir de allí. En poco tiempo ella vino. Ni pude creer cuando la vi. Una chica preciosa. La nariz respingada. Cintura delgada, el cuerpo fuerte y musculoso cubierto por unas ropas deportivas pegadas, el pelo negro, pesado, recogido en una coleta balanceándose de un lado a otro mientras caminaba.

Cuando dobló la esquina en la calle estrecha a la derecha, dónde solo habían casas antiguas, encendí el carro, salí de mi puesto de observación y me acerqué de ella, siguiendo a su lado mientras iba por la acera.

Bajé un poco la ventana. Quería verla de cerca. Me miró en los ojos con unos ojos redondos y negros que casi pierdo el sentido. Se asustó y apresuró el paso, alejándose rápidamente y moviendo sus caderas.

Apagué el motor. Bajé la ventana por completo y espié por el espejo retrovisor. No había nadie en ninguna parte. Ella estaba a unos cincuenta metros cuando apoyé la pistola entre la puerta y el retrovisor, ya con el silenciador acoplado. Apunté la pistola al nudo de la coleta y la disparé.

Ella se cayó de frente sin hacer ruido, con la cara al suelo. Se quedó tumbada. Inmoble. En la calle principal, tras de mí, un autobús pasó ruidoso, después el silencio volvió a reinar.

Encendí el motor y salí en marcha atrás, los faroles apagados. Tomé la avenida principal y aceleré, decidido a decir para el cabrón Acevedo que mujer, aún más bonita como ella, yo no atiendo nunca más. ¡Por ningún dinero!


CESAR CRUZ nació en São Paulo en 1970, es casado y tiene una hija.

Escribe cuentos, crónicas y artículos. Más de una centena de sus textos han sido publicados en antologías de nuevos escritores, periódicos y revistas. 

Es colaborador de algunos portales de literatura en la Internet y mantiene el blog Os causos do Cruz ("Los cuentos del Cruz") y publicó dos libros: O homem suprimido ("El hombre suprimido") y A idade do vexame & outras histórias ("La edad de la vejación & otras historias").

“Seguro de que escribir es hacerlo a solas, aún así, siempre esperanzador, mantengo una mano extendida en forma de concha a espera de las migajas de atención de los lectores, esos seres case mitológicos”, lo resume al hablar de su pasión.



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