La lluvia de Madalena

Nunca he visto a nadie llover tan lindo como Madalena. Por cierto, la verdad es que nunca había visto a nadie llover. Y jamás volví a verlo después, en todos estos años. Pero siendo Madalena, por supuesto que habría de ser una linda lluvia, como el sertón nunca había visto, no señor. Lluvia sin explicación, porque la vida ya está llena de explicación. Madalena llovió. Nada más... Solamente. Haciendo con que este corazón la echara de menos, casi un amor, el único que habrá de existir aquí dentro. No cabe nada más en ese corazón.

Me acuerdo bien. Me acuerdo que fue en un día cuando ya nadie más se acordaba cómo era la lluvia. Todos la esperaban. Bueno, de los que se quedaron para esperar, pues hubo quienes no aguantaron y se fueron. Buscando agua. Buscando un lugar dónde el agua nunca secara, dónde la garganta nunca se pusiera seca. Agradezco a la familia de Madá, mi Madalena, que no se fue con ellos. Por lo menos sé qué destino tuvo ella y, antes de eso, pude quedarme un poquito más a su lado. Una lástima no haber tenido valor de contarle sobre mi amor de niño. A veces creía que ya lo sabía y también me quería a mí. 

Y fue justo en el día que encontré el coraje para contarle de ese amor, revelar la verdad, fue cuando todo pasó. Madá salió de la iglesia con un velo de santa le cubría el cabello. Madá, al lado de su madre, se quedó en el medio de la plaza, delante de la iglesita, sonriendo una sonrisa ancha, solo para mí. Madá parecía solo esperar por mis palabras. Madá... 

Sin más ni más, de su cabello negro y largo empezó a manar agua. Un agua que no se sabe de dónde venía. Oí a su madre gritar, aún más cuando el agua empezó a gotear por los dedos de la niña. Madalena no podía hablar, si abriera la boca se ahogaría con el agua que escurría por su rostro lleno de hermosura. 

Al principio eran gotas, después agua corriente, más de lo que veíamos salir del caño. Nadie sabía qué hacer, toda la ciudad acompañaba a la lluvia de Madá. Nunca había visto tanta agua de una sola vez, solo en el arroyo, que ya no existía. Ponían tinas, latas, baldes, pero no terminaba.

Y ella se quedó allí, lloviendo... Me quedé a su lado, solo mirándola, ni hambre tenía. Pero yo no era el único. Había gente que rezaba, la madre viuda hablaba con la niña, pero sin tener respuesta. Casi la ciudad entera estaba allí. 

Tres días contaditos. Fue el tiempo que Madalena llovió sin parar. En el tercer día, parecía que su piel se estaba evaporando... Madalena se estaba volviendo agua también y el profesor de ciencias intentó explicarlo: “Su cuerpo se está volviendo vapor de agua” ―decía. Eso me irritaba. Nunca me gustó el sujeto, aún menos ahora, que trataba de encontrar una explicación tan fácil para mi Madá, que desaparecía. En el tercer día, llegó un coche grande, dijeron que era gente de la televisión. Habían venido a entrevistar al pueblo sobre la lluvia de Madalena. No lograron sacar una foto de la niña. Madalena ya casi no tenía piel, parecía una sombra. Antes de que arreglaran el equipo, la sombra se había vuelto una nubecita. Y la nubecita se deshizo entera. Lloraban, gritaban, rezaban. ¿A dónde habría ido la niña? 

De repente, el trueno. Las nubes, negras como nunca, se juntaban. El viento frío hizo con que todos temblaran. 

Y cayó la lluvia. Del cielo. La lluvia de Madalena, del agua que había salido de ella y evaporado ―fue la otra explicación del profesor. Todos salieron corriendo para buscar más tinas, latas, baldes... La gente de la televisión se apuró para entrar en el coche y se fue. 

Yo me quedé, bañándome en su agua, bebiéndola, sintiéndola escurrirse por la garganta... El agua dulce de mi Madalena. En un dado momento, miré al suelo y vi una pequeña piedra casi transparente, que parecía hecha de agua. Tenía la forma de una “M” bien chiquita, se lo juro por todo lo que es sagrado. La “M” de Madalena. ¿Sería, tal vez, parte de ella? Los otros tendría el agua, pero la piedrecita sería solo mía. 

Me gusta pensar que ha sido un regalo de Madá al niño que esperó demasiado tiempo para decirle que la llevaría siempre en su corazón. 

Y jamás dejó de llover por toda la región. A veces hasta el río transborda para nuestra alegría. Cuando pasa eso, los niños salen gritando: “¡La lluvia de Madá! ¡La lluvia de Madá!”. Y me pongo alegre en mi vejez, porque puedo ver que todavía creen en mi historia... A veces ni siquiera yo puedo creerlo. Luego saco del bolsillo la piedra, la misma que, un día, cuando me vaya, se quedará como un regalo a una de mis nietas, Madalena... 

BIA MACHADO nació en Cuiabá, Mato Grosso, pero nunca ha regresado a su ciudad natal por una fuerza cualquiera del destino. Por lo contrario, vivió en diversos lugares hasta llegar a Campo Grande, Mato Grosso do Sul, en 1993. Allí se casó, sus cuatro hijas nacieron y una de ellas ya se fue de la ciudad para la universidad... 

Se graduó en pedagogía en 2006, en la Universidad Federal de Mato Grosso do Sul. Es profesora municipal en tiempo integral. Trabaja como revisora independiente desde 1995 y, en 2012, empezó a prestar servicios en el área para la Editora Estronho. 

Publicó en algunas antologías de las Editoras Hama, Multifoco y Estronho y, en 2011, publicó de forma independiente un libro de cuentos de misterio y terror: Certa estranheza [Cierta extrañeza]. Escribe acerca de literatura en el blog No paraíso de Borges [En el paraiso de Borges].


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