La niña a que le encantaba escuchar historias

Gabriela era una niña común, hija de padres bastante comunes, que vivía en una casa bastante común en una ciudad cualquiera. Como casi todas las niñas, le gustaba mucho escuchar historias y no dejaba pasar una noche sin pedirle a su padre o a su madre que le contaran una antes de dormir. 

Desafortunadamente, los padres de Gabriela no conocían muchas historias. Eran personas ocupadas y sin paciencia, pasaban los días trabajando y reclamando de la vida. No tenían mucho tiempo para divertirse y menos aún para leer libros y aprender historias. Por esa razón fueron muchas las noches que Gabriela tuvo que dormir sin historias, escuchando historia repetida o contentándose con una historieta sin ninguna gracia. 

Pero Gabriela era una niña estudiosa y luego aprendió a leer. Cuando se dio cuenta de que ya sabía juntar las letras y formar palabras, se puso muy curiosa para saber qué estaba escrito en los libros que llenaban los estantes de la biblioteca de la escuela. Ah, ¡eran tantos libros! De portadas feas o bellas, de páginas blanquitas o amarillentas, con una o muchas historias... 

Desde ese día Gabriela empezó a leer los libros de la biblioteca. Todos los días volvía a casa con algún libro bajo el brazo y solo lo devolvía después de haberlo leído todo, entero. Empezó con los libros delgaditos, de historias cortas y muchos dibujos. Después empezó a llevar libros más gruesos, con menos espacios desperdiciados con dibujos y muchas más historias para leer. Cuando Gabriela llegó al quinto año, ya había leído casi todos los libros de la biblioteca. 

En ese entonces, ya estaba grande y fue transferida a otra escuela, en donde había una biblioteca más grande, con muchos más libros. Gabriela caminó entre los inmensos estantes de acero, llenos hasta no más caber y pensó: “Tendré que leer cada vez más deprisa para tener tiempo de leer todo eso hasta el octavo año..”. 

Y así ella empezó. Todos los días llevaba dos libros; leía lo más grueso por la tarde y dejaba el otro para la noche, antes de dormir. Algunos eran tan gruesos que eran necesarias dos tardes de lectura, pero eso no era problema para Gabriela. Cuando el libro era bueno, siempre se quedaba triste al final, pues no tenía gracia leerlo nuevamente. Cada libro quedaba como un alegre recuerdo que jamás sería vivido nuevamente. 

Con el tiempo, se dio cuenta de que los mejores libros no siempre eran los más bellos, se fijó además que no solo los libros de historias eran buenos para leer. Habían también libros de diversas materias que eran tan bien escritos que hacían el estudio volverse en un placer: fue así que aprendió la Historia del Mundo, que descubrió como es el universo, como surgió y evolucionó la vida, como funciona el cuerpo humano... Esas historias eran tan buenas como las comedias de capa y espada y los cuentos de hadas. 

Había también algunos libros de historias que eran diferentes de los otros, pues contaban cosas que habían pasado de verdad. Algunos tenían hasta las fotos de las personas que habían vivido la historia. Esos eran generalmente libros tristes, que no siempre tenían un final feliz ―pero a Gabriela le gustaba leer historias verdaderas, porque así sentía que el mundo real también era interesante. 

Un día, creyó que no había más nada interesante en la biblioteca y se puso triste. Fue entonces que encontró, allá arriba y en la esquina del último estante, un libro que parecía ser muy viejo, pero que nunca había visto antes. “Debe ser alguna donación” ―pensó ella. E hizo punto de leerlo. 

El curioso es que el libro no traía el título en la portada, ni adentro. No había el nombre del autor, ni el índice, ni la dirección de la editora. Tampoco había números en las páginas, ni estaba dividido en capítulos. La historia empezaba en el inicio de la primera página, después de la portada, y seguía hasta el último espacio de la última página. O por lo menos era lo que parecía, pues Gabriela no dejó de pensar que podrían estar faltando páginas, tanto en el inicio como al final. 

Las letras eran grandes, más grandes que en los otros libros, pero más pequeñas que las letras de los libros para niños. Eran letras extrañas, que a primera vista no parecían diferentes de las letras de los libros comunes, pero cada vez que miraba otra vez era como si percibiera un detalle diferente. Era como si cada letra fuera diferente de la otra, faltando un punto o sobrando, con una curva diferente, una pierna más larga o algún defecto del papel deformando una esquina de la hoja. Hasta parecía que alguien había caprichosamente dibujado a mano cada palabra de aquel libro extraño y sin dibujos. 

Gabriela intentó hojearlo para ver qué había por dentro, pero no pudo. Las páginas eran gruesas, húmedas, medio mohosas o afectadas por el polvo. Se pegaban, eran pesadas, algunas parecían definitivamente pegadas en las otras o hasta con doblas no cortadas. Como si el libro nunca hubiera sido leído o como si hubiera estado cerrado por muchos años. “¡Y cómo debe ser triste cuando se es un libro! Estar tanto tiempo cerrado, sin pasar por las manos de alguien, sin contarle su historia a ningún lector”.

Gabriela fue hasta la entrada para registrar el préstamo. La bibliotecaria le sonrió y le saludó y Gabriela salió feliz, llevando el libro. 

En su casa, pasó toda la tarde leyendo. La historia era del tipo que realmente prendía la atención. A cada página aparecía un personaje nuevo ―o salía alguno de la historia de alguna manera. Parecía que eran muchos los personajes principales, tantos que Gabriela luego empezó a perder la cuenta de sus nombres. Era una historia con muchas vueltas, idas y venidas. Diferentes historias que se cruzaban a todo momento y después se separaban nuevamente. Hablaban de una tierra extraña, donde había una reina viuda y una princesa soltera que no quería casarse. De dragones que eran mansos y de hadas que eran malas ―y también lo contrario. Hablaban de tantas cosas que Gabriela tenía que detenerse a pensar y organizarse. 

Los días siguientes fueron días de aventura. La historia del libro ocupó su mente casi que sin parar. Era como si no tuviera más tiempo para la escuela o para los amigos. Pero era tan bueno leer aquella historia, oír hablar de la extraña lengua del pueblo Pt, que solo conocía una vocal y setenta y nueve consonantes, o del pueblo Ao, cuya lengua solo tenía vocales (treinta y dos)... Había los príncipes ladrones y el elefante delgado que enseñaba al tigre a comer lechuga ―y tantas otras cosas absurdas que hacían reír. Pero había también cosas demasiado tristes: muertes y misterios y separaciones. 

Gabriela llevó exactamente siete días para leer el libro entero, a contar de la hora exacta en que salió de la biblioteca. Precisamente a las nueve horas y cuarenta minutos de la mañana, durante los diez minutos de intervalo que había aprovechado en los cinco días anteriores para seguir la lectura, llegó a la última página. 

Fue un momento de mucha alegría, pero también de mucha tristeza. Fue como terminar una larga tarea, pero como si terminara de hacer la mejor cosa del mundo. El final de la historia también no tenía gracia. Nada se resolvió o terminó. Era como si hubiera más páginas en el libro, muchas más, pero solamente aquellas hubieran sido encuadernadas. 

Entonces Gabriela se levantó, fue hasta la biblioteca, enseñó el libro a la bibliotecaria y lo devolvió a su lugar. Pasó los días siguientes pensando en el libro, en aquellas historias dispares ―tristes y alegres a la vez―, en aquellas leyendas mal contadas. 

Entonces se armó de valor y decidió intercambiar ideas con sus amigos. Y fue entonces que descubrió la cosa más extraordinaria de su vida: nadie nunca había leído aquel libro. Nadie nunca había visto el libro en los estantes de la biblioteca. La propia bibliotecaria no supo decir que libro era: “Cuando vi aquella portada toda abollada, pensé que fuera uno de los libros viejos que habían sido donados, esos sin valor que terminamos tirando”. 

“Todo libro tiene valor” ―Gabriela dice y casi se puso molesta, pero se preocupaba más con el libro que con sus propios sentimientos. 

Una colega le dijo que el libro era obra del diablo, que debía orar y olvidarse de él. Pero la profesora de redacción, que era una mujer muy dulce, con ojos enormes, muy negros y bonitos, le dijo algo bien distinto. 

“Mi querida, ¿no lo ves? ¡Ese libro eres tú misma! Son las historias que a ti te gustan, las que quisiste que alguien te hubiera contado. Pero te diré algo muy bonito: “nadie puede contarte tus historias, solo tú misma”. 

Gabriela tardó unos días para comprenderlo. Solo pudo entender una noche en que estaba acostada en la cama, soñando con las historias del libro extraño, cuando de repente percibió que algunas de las historias de que se acordaba eran diferentes de las historias del libro. “Sí, ahora lo sé” ―pensó. 

Entonces se levantó, eligió un cuaderno bien grueso y un bolígrafo bien suave. Se sentó en su escritorio y empezó, despacio y con mucho cariño, a contar una nueva historia, una historia suya. Una historia que quería que le hubiera sido contada, pero que finalmente percibió que nadie la contaría sino ella misma. 

JOSÉ GERALDO GOUVÊA nació en 1973 en Cataguases, estado de Minas Gerais. Es poeta, escritor de blog y de ficción. 

Se licenció en Historia en 1997 y por seis años enseñó la asignatura. Luego, obtuvo una maestría en Desarrollo Sostenible. Todavía, ha trabajado en el sector bancario la mayor parte de su vida. 

Su obra literaria incluye poesía, cuentos, novelas, romances y crónicas. Apenas ha publicado su primera novela, titulada Praia do Sossego y actualiza periódicamente su blog, Letras Elétricas con los artículos que escribió en el pasado. 

También escribió para los niños, sobre todo por su hija mayor, a quien le gusta escuchar a distintos cuentos antes de dormir todos los días. 

Es multilingüe (portugués, inglés y español) y leyó muchos libros clássicos de la literatura británica, americana e hispánica. Recién ha completado la traducción de The House on the Borderland, de William Hope Hodgson, para el portugués, con el título A casa no fim do mundo.


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