Me encanta Sao Paulo

Solo me acuerdo de que le dice adiós cuando estaba a punto de subir en el taxi que le llevaría hasta el aeropuerto. Habíamos pasado la noche anterior bebiendo, esnifando, hablando de escritores malditos, punk rock, nuestra antigua ciudad y sexo. A veces nos poníamos en silencio a oír el zumbido eléctrico del neón del hotel enfrente de la habitación donde yo estaba viviendo. La luz roja iluminaba las paredes azules, hechas con tinta de aceite. Parecía una pocilga, pero tenía todo lo que necesitaba: una vieja computadora para guardar lo que escribía, un tocadiscos acompañado de 80 vinilos que variaban desde Elvis hasta Nirvana, una tarjeta de biblioteca, algún dinero para comprar botellas de vino y cigarrillos. ¡Ah, y evidente tres cápsulas de cocaína! 

Nada se pasaba afuera y el resto del mundo no nos importaba un pedo. Desapretó el nudo de la corbata y se quitó los zapatos. Cuando percibí, él ya estaba de calzoncillos gritando por la ventana: 

—¡Bando de ratones del infierno! ¡Quemen sus desgraciados, burócratas imbéciles de corbata, prostitutas de 1.000 reales, viejos decrépitos académicos, periodistas analfabetos, adolescentes grotescos sifilíticos, niños mimados obesos sorbedores de McDonald's, vividores recios impotentes a quién les gusta dar el culo! ¡Animales! ¡Que el fuego del infierno se les consuma el cuerpo enfermo y que no quede nadie para continuar con esa raza maldita! 

Me encogí en la cama, contorciéndome de tanto reír. Me acordé de nuestra infancia en el interior del país, cuando él hacía lo mismo, pero en el topo de los árboles, desnudo, y sus blasfemias eran direccionadas a otras personas. 

Se sentó a mi lado, sudando, riéndose mucho. Vaciamos la cuarta botella de vino y la segunda cápsula de polvo enfilado encima de la portada del álbum Out Of Time de R.E.M.. Near Wild Heaven sonaba en el tocadiscos, quemando nuestros corazones mientras él recitaba alguna cosa del viejo Buck. 

—¿Usas la caja de arena a menudo?

—¡Anda a joderte, cabrón!

—No hay gatos por aquí, ¿es alguna especie de brujería tener una caja de arena en el dormitorio? 

—¡Cállate! El gato saltó de la ventana, o alguien lo robó, ¿qué sé yo? Era un gato negro y eligió su propio nombre.

—¡Ah, sí! Dígame cómo lo hizo. ¿Lo escribió en su trasero?

—No, idiota. Cuando lo agarré en la calle, me quedé aquí sentado con él en el regazo, preguntándome: ¿Tiene cara de qué? Entonces saltó de mi regazo y empezó a frotarse en James Joyce. Él eligió el carajo del nombre, ¡te lo juro!

 —¿James Joyce? ¡Fue por eso que saltó de la mierda de la ventana!

—¡No jodes!

—¡Ciudad maldita! Hasta los gatos se suicidan…

—¿Por qué viniste? 

—Necesitaba investigar unas cosas sobre la vida.

—Ahora coño cambió de nombre.

Nos reímos a carcajadas.

—Una cosa que aprendí en esa mierda de lugar es que siempre se debe tener a alguien de confianza y un poco de dinero para mojar las manos de los hombres, simplemente porque no puedes acercarte a una chica de 16 años. Carajo, las chicas de 15 años ya están jodiendo en todos los cuartos de baños de las escuelas con los compañeros de clase, ¿Por qué no aprender a hacerlo de la forma correcta, con nosotros? Crimen es joder con un muchacho de 15 años. ¿Te acuerdas cómo éramos tontos con esa edad? Puta mierda… Otra cosa que aprendí aquí es que, se una chica le sonreír mucho por la noche, el viernes, y tú ni siquiera te has afeitado, es probable que sea una puta y te vea como un Don Juan lleno de dinero. Y la última es que, si tienes la suerte de no morir baleado, ahogado en una inundación, pisoteado, con enfermedad en los pulmones y consigues la proeza de morir mientras duermes, entonces es porque eres un hijoputa con suerte y el propio creador vino a buscarte en medio de esta mierda. Personalmente, ¿comprendes? Tal vez eso te ocurra. Tienes cara de que va a pasar contigo.

—Pinche pendejo, ¿sabes cuántas veces mi corazón ya aceleró a causa de esa mierda? Doy tres tiros por día, mi viejo, y me importa un pepino morir durmiendo. Morir es siempre una mierda y un alivio al mismo tiempo. 

—¡Estás pacheco!

Él se puso los pantalones, se sentó en el suelo y empezó a hojear mi último cuento. Hacía un calor infernal y yo había vendido mi ventilador para el árabe que freía quibbes en un puesto decrépito en la Avenida São João. 

—Esa mierda que escribiste me dio vergüenza... Esa historia de la muchachita que era obligada por su padre a prostituirse por la noche, mientras él se emborrachaba. Ella le robaba unas monedas de la billetera para comprar la muñeca que vio en la vitrina del centro comercial. Historia infernal. ¡Historia de los infiernos! Cuántos niños en esta ciudad inhalando pegamento en el semáforo y, a veces, nos olvidamos que son niños como nuestros sobrinos, hijos, primos más jóvenes, ¿comprendes? Y tú me hice reflexionar sobre eso… O entonces esta porquería está dejándome bien emotivo.

—Coño, esta mierda está pasando en todos los lugares, ¿por qué debe estar en el papel para que uno se sienta conmovido o indignado? Basta con mirar al alrededor. Yo no entiendo eso, igual a esas personas que van a exposiciones de fotografía para ver niños andrajosos cuando eso hace parte del cotidiano y ellas suben el vidrio del auto para que no les molesten. Son un bando de cretinos hipócritas. Solamente se conmueven cuando el arte explora la realidad y casi siempre de una forma superficial. 

—¡Ponte tranquilo, muchacho! —¡Yo no quise ofenderte con mi interpretación! ¿Quieres saber de una cosa? Necesitas más un tiro y un trago. ¡Vamos a salir para comprar más vino y fuck art!

—¡Let´s rock!

En la calle conversamos de todo un poco: los mendigos durmiendo debajo de los toldos de las tienda de lujo, las putas abanicándose con charme y los bares con su sinfonía perversa de tantos colores, sonrisas y sangre. Todo estaba desmoronando. Parecía que iba a pasar algo a cualquier momento y, sin embargo, seguía todo igual. Postudismo. Cruzamos un ejército de palomas en la Plaza de Sé.

—Mi vuelo sale en dos horas. Vamos a buscar un taxi. No te olvides de las cosas que te hablé. 

—¿Qué cosas?

—Alguien de confianza. No te olvides.

Y se fue después de dejarme con una cápsula llena, un dormitorio con mal olor y media botella de vino Natal en una mañana soñolienta de octubre.

GUI NASCIMENTO nació el 1er de septiembre de 1988, en la ciudad de Diadema, estado de São Paulo. Además de aventurarse como escritor, también es estudiante de periodismo y hace parte de la banda Jack’s Revenge, en la cual canta y toca guitarra eléctrica.

Como escritor, participó de la 7ª Muestra de Artes de Diadema, cuando ganó destaque para participar del Mapa Cultural de São Paulo.

Actualmente trabaja en algunos cuentos que pretende reunir en un libro influenciado por la literatura marginal, literatura beat, el rock’n’roll y las películas alternativas.


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