Nochebuena en Pascua

“Algunos años atrás, el ayuntamiento de la ciudad de Monza, Italia, prohibió que los dueños de animales mantuvieran peces en acuarios curvos. Los defensores de dicha ley explicaron que era cruel un pez en un cuenco, porque el vidrio curvo daría al animal una visión distorsionada de la realidad.” (La Ilusión de la Teoría de Todo – Scientific American – Octubre/2012 – Año Cero del Evento).


Ximenita subió jovial el monte cubierto de césped suave, no muy lejos de su casa en Hanga Roa. Narval, su fiel zorro de estimación, naturalmente la siguiera. La chica de casi once años —ya prácticamente una adulta, según sus propias palabras— se sentó en el suelo y se puso a esperar que cayera la noche. Pronto, entonces, se puso el sol por detrás de los Moais y el cielo, aunque teñido de colores vibrantes, que exhibía un curioso tono violáceo que tanto le gustaba a la niña. “Violeta-día-y-noche” era como la niña trató de llamar tal color, aunque su padre insistiera en decirle que el tono era el mismo que malva o lavanda.

Narval se anidara junto a sus pies, acostándose sobre la cola velluda, mientras jugaba de lamer y mordiscar sus zapatos, lo que era divertido e irritante a la vez. Ximena arregló su pelo rojo, revuelto de tanto viento frío y salado que el mar traía, y se acostó para poder observar mejor a las estrellas. Allí, de su lugar preferido y secreto, lejos de las luces de la aldehuela, era posible discernir todas las constelaciones descritas en sus libros y, con suerte —¡sí, hoy era un día de suerte!— podría ver una estrella fugaz, como aquella que ahora bajaba de los cielos, fulgurante, rasgando el negro aterciopelado de la noche con fuego y furia y desapareciendo en el mar, con un estruendo que solo le llegó a los oídos aguzados casi un minuto después. Estuvo allí, puesta más algunos instantes, espantada y maravillada en iguales proporciones.

De lejos, escuchó a su padre llamándola y el cuidadoso Narval ya se había levantado y saltaba animado a su lado, ladrando y arrastrándola por la manga de la chaqueta de lana holgada.

—Narval, ¡Cómo haces la pelota! ¡Ya me voy, ya me voy!

Bajó el morro a carreras, exhalando nubes diáfanas de vapor en aquella noche fría, ansiosa por dividir la novedad que había presenciado.

§§§

—¡María Ximena Gallino Velásquez! La estoy llamando hace mucho tiempo y la cena ya está enfriando. ¿Dónde, al final, estabas, dueña inquieta?

El padre solo decía su nombre completo cuando estaba bravo, pero llamarla de “dueña inquieta” era una señal de que tampoco estaba así tan molesto.

—Ah, papa… —dijo bajo, mientras inclinaba la cabeza y giraba la punta de uno de los pies, melindrosa—. ¡Caramba, vi una estrella fugaz linda, muy grande! Se cayó en el mar y después hizo un enorme ruido: ¡Buuuum! Realmente, deberías haberlo visto.

—¿En serio? No creo que fuera una estrella fugaz de verdad —le contestó mientras recogía y colgaba la chaqueta de su hija—. Tal vez fuera un meteorito o, muy probable, otro satélite que se cayó por falta de corrección de la órbita. ¡Ah, ni siquiera pienses en sentarse para cenar sin lavarse las manos, Rojita! ¡Y pon Narval afuera!

La pelirroja hizo un puchero y le obedeció. Volvió, se sentó en la copa y husmeó el olor agradable que venía de la cocina pequeña y caliente. Desde la muerte de su madre, hacía más o menos unos seis años, su padre se había echado la responsabilidad por casi todas las tareas domésticas, a pesar del duro trabajo diario como el médico de la villa. 

—¡Qué buen olor! ¿Qué has cocinado?

—Filete de ballena, puré de ñame y frutipan al horno. Todavía tenemos algo de la ensalada de soya del almuerzo. 

—¿Ballena? ¡Por dios! Prácticamente eso es todo lo que comemos: carne seca de ballena y pescado. ¿Dónde está el pedazo enorme de foca que compraste ayer?

—No seas ingrata y estés agradecida por la comida que tenemos hoy. La foca es para la cena de Navidad, ¿ya te olvidaste? Mañana tenemos que cenar en la parroquia y me he comprometido a llevar un asado.

Ximenita revolvió la comida y mantuvo el tenedor en el aire después de coger un pedazo de filete, mientras enrollaba el cabello con la otra mano y tenía los ojos claros perdidos en un punto cualquiera de la pared. Su padre sonrió, pues ella siempre hacía esto cuando quería mucho preguntarle algo.
 —¿Por qué enviaban máquinas para el espacio, papá? ¿Por qué se caen ahora?

—Eran máquinas de comunicación  —dijo con la boca llena—. ¿Ya no aprendiste todo esto en las clases de historia?

—No. Dueña Conchita solo nos da vueltas, hablando de griegos y romanos, Egipto y varios otros lugares de que nunca había oído hablar. Me han dicho que fue a causa de la peste, pero ni siquiera sé de lo qué se trata.

El padre suspiró y cerró el ceño, exhibiendo una expresión preocupada. Conversar sobre el tiempo de la peste era un tabú común en la isla.

—Termina tu comida y conversaremos en el salón. Ya eres grandota y creo que llegó el momento de conocer nuestro legado.

—¿”Le”… qué? —ella sonrió.

§§§

Ximena se acostó en el sofá, con la cabeza en la panza de su padre, fofa como almohada. Los dos dividían sabrosas cucharadas de un cuenco de dulce de banana, mientras ella esperaba que el doctor Andrés Gallino siguiera con la historia.

—Como sabes, ni todas las personas son buenas, Ximenita… —empezó, haciendo alusión a una pelea importante que había tenido con su ex suegra—. El mundo era enorme y complicado antiguamente, extremadamente rico y evolucionado, lleno de máquinas fabulosas como el satélite que viste caer, pero todavía muy peligroso, muy violento. ¿Crees que hubo un tiempo en que las personas querían matar unas a las otras por motivos estúpidos, como el color de la piel, porque rezaban para dioses distintos o solo porque tenían opiniones diferentes? Pues, su tatarabuelo Juan fue un hombre extremadamente bueno, pero que poseía un miedo terrible: de que el mundo un día se acabara. Él sabía que la guerra y la intolerancia un día levarían todos los hombres a la extinción y vivía en constante alerta sobre todo de grave que acontecía en el mundo. Mi bisabuelo fue un gran científico, lo que ya te conté más de una vez: hizo pesquisas que se volvieron famosas, como la que finalmente explicó cómo la domesticación modificaba la genética de algunas especies. He ahí Narval y todos los demás zorros de la isla, que no me dejan mentir.
—¿Entonces las personas no tenían zorros de estimación en aquella época? —se espantó—. ¡Qué absurdo!

—Sí, pero como te contaba, en un lugar llamado África del Sur, durante el cuarto gobierno consecutivo de un presidente negro, un hombre, creo que, se llamaba Daniel van der Waals o van der Walls, desarrolló secretamente una arma biológica. Él descubrió como un virus podría atacar y matar solamente las personas que tuvieran ciertas características genéticas. Quiero decir, en el caso, era algo que solo mataría a los negros, a quien él odiaba con todas sus fuerzas. Para esto, cambió un virus terrible nombrado “ébola” y lo combinó con muchos otros virus, como el del resfriado y el de una enfermedad que existía en la época, denominada SIDA. En el día dos de octubre de aquél año, bien, por lo menos fue la fecha que estimaron después, Van der Waals esparció aspersores cargados con su virus en los centros de algunas ciudades importantes de la época: Johannesburgo, Pretoria y otras cuyos nombres ya no me acuerdo ahora.

—¿Y qué pasó? ¿Las personas se pusieron enfermas?

—Sí, por supuesto. En algunos días, solo las personas negras y mulatas empezaron a enfermarse. El tal virus, que él graciosamente bautizó de Killnigger, se espaciaba por el aire, a través de los estornudos y de la tos, como los resfriados comunes. Causaba hemorragias fortísimas y mataba las víctimas en menos de diez días. El doctor Van der Waals todavía conmemoraba su hecho, mientras seguía escondido en un abrigo, cuando la enfermedad evolucionó y empezó a matar personas de otras razas y, después, animales domésticos también.

—¡Qué horror!

—El loco se había esforzado para crear un virus que fuera difícil de combatir, pero él no esperaba que este virus sufriera mutaciones rápidamente. Las ciudades luego entraron en colapso, el pánico se esparció y todas las personas, no importaba el color de la piel, empezaron a morir, así como todos los otros mamíferos. En África existían animales salvajes increíbles, realmente lindos, como los leones, las cebras y los elefantes, ¿lo sabías? Tantas personas, tantos animales... Con excepción de los cetáceos, las focas, las morsas y los zorros, todos los otros mamíferos murieron. Simplemente, ¡cien por ciento de mortalidad! Afortunadamente, aún antes que la enfermedad llegara a las Américas, mi bisabuelo reunió todos sus recursos, convenció a algunos amigos científicos, militares y técnicos y se huyeron en un gran navío bautizado como “El Arca”, abarrotado de plantas, semillas y animales. Todos huyeron entonces con sus familias para este lugar en que estamos, la Isla de Pascua.

—El ombligo del mundo —bromeó, enseñándole el propio ombligo.

—¡Por supuesto! Nuestra Rapa Nui, tan aislada y distante del resto del mundo, que estaría protegida por algún tiempo. Juan convenció a las autoridades de la isla y el gobierno local declaró una feroz cuarentena, pasando a no permitir que barcos o aviones, oriundos de cualquier parte, se pudieran atracar o aterrizar. Ya aquí en la isla, Gallino y otros científicos estudiaron diversos animales para intentar descubrir qué les daba inmunidad al Killnigger. Fue entonces que, vacunando a toda la populación de la isla, sobrevivimos cuando la enfermedad finalmente llegó, alrededor de cuarenta años después de haberse diseminado en África. Pero, a pesar de tanto empeño, aun así millares de personas murieron, incluso el pobre Juan. Perdemos también muchos animales: todos los perros, los gatos y las ovejas, por ejemplo. En la época, ya no había más comunicación con el resto del mundo y no captábamos transmisiones de TV o radio. Sea lo que haya pasado, después de más de cien años, hoy solo podemos creer en lo peor.

—¿Y nadie más dejó la isla, papa?

—Es algo como un secreto, hija, pues el riesgo es enorme y no debes por ahora comentarlo con nadie… Pero hace como tres meses, un grupo de voluntarios muy bravos alcanzó la antigua ciudad de Valparaíso. Están allí desde entonces y mantienen contacto constante con nosotros a través del radio. No han encontrado sobrevivientes, pero no sufrieron efecto algún del virus. ¡En breve, creo que podremos volver a habitar el resto del planeta otra vez! El mundo casi se acabó, Rojita, pero gracias a Gallino y nuestro coraje y persistencia, el hombre tendrá una segunda oportunidad, aunque sin merecerla.

La charla se siguió con muchas otras preguntas, pero, después que la chica empezó a bostezar y dormitar, su padre la hizo cepillar los dientes e ir a acostarse.

Ya en su propio cuarto, Andrés reflejó sobre la versión atenuada que le había contado a la hija. Dios quiera que ella nunca tenga acceso a los DVDs de las reportajes de la época —pensó—que jamás viera las calles cubiertas de cadáveres, vaciando sangre como esponjas encharcadas, y las personas pisoteándose unas a las otras como gado irracional al huir en pánico de las ciudades. Los libros relataron que solo el metano exhalado por los cuerpos hizo subir la temperatura en el globo en cinco grados en el primer año. Mismo en la isla, lluvias torrenciales y secas devastadoras casi terminaron lo que el virus no logró hacer. En los días actuales, apenas quinientas sesenta y tres personas separaban el género Homo sapiens de la más completa extinción.

Pensativo, alisó la cabellera ya plateada con sus manos, después retiró una llave del bolsillo, abrió el último cajón del lado izquierdo de su escribanía y se puso a leer para confortase hasta que le llegara el sueño.

§§§

El salón principal de la Parroquia de Santa Cruz de Isla de Pascua estaba caprichosamente adornado en aquella noche de víspera de Navidad. Guirnaldas hechas de estrellas del mar estaban colgadas en las paredes y una bandita tocaba jingles navideños, salsa y cueca. Al fondo, una mesa inmensa, hecha de tablas apoyadas en caballetes, estaba recubierta de golosinas: pavo asado, pastel de choclo, chupe de loco, centolla a la parrilla, humitas, pasteles y, por supuesto, el famoso asado de foca de Andrés Gallino.

Los adultos bebían vino con moderación, visto que era muy caro y difícil de producir en la isla, los niños corrían por todos los lados, entretenidos con los juegos organizados por las profesoras.

Ximenita trajeaba su “vestido de salir” —malva como el cielo indeciso entre la luz y la oscuridad— y conversaba con un niño de piel morena, de ascendencia Rapa Nui. Ya iban a salir para jugar de poner la cola en el burro, cuando doctor Gallino surgió de repente y le hizo un pedido:

—Rojita, preparé una salsa de frutas para servir con el asado y, en la prisa, se me olvidó completamente. Dejé en un ollita tapada sobre la cocina. ¿Me harías el favor de traérmela? 

La chica no pensó dos veces y salió en disparada, en el afán de agradarle al padre. Ya estaba mismo un tanto enfadada y no conseguía comer más de tantas cosas que las señoras insistían para que probara. Al acercarse de la casa, fue recibida con entusiasmo por Narval, que no paraba de ladrar, saltar y orinarse de tanta alegría. Ximenita ya iba a salir con la olla, cuando una súbita ráfaga fría de aire la hizo subir hasta el cuarto para agarrar un abrigo. 
Pasó entonces por el cuarto de su padre que, distraído, se había olvidado una lámpara encendida y entró para apagarla. Sobre su escribanía, mal disfrazado bajo una pila de papeles, reposaba una especie de bitácora de apariencia antigua, que ella nunca había visto antes.

Fotos viejas, ya muy borradas y amarillentas, además de anotaciones hechas con una letra caprichosa estaban distribuidas en abundancia por todas las páginas. Hojeó curiosa, aunque no pudiera comprender los términos técnicos: “[…] -31C e -511C: confirmados que tales alelos salvajes recesivos de los vulpinos y de los cetáceos no permitieron la adhesión molecular de los receptores virales […] agrupamiento CD32 […] las simulaciones computacionales de la vacuna han fallado miserablemente […] riesgo inminente de contaminación a través de aves migratorias. ¿Cómo podemos salvar la humanidad, Dios mío? […] Vacunaciones periódicas con placebo para evitar el pánico: medidas desesperadas en tiempos desesperados […] Ramón Fernández y Kirsten O’Hara defienden la creación de un banco de óvulos y esperma […] ¿Será que la ética es siempre la primera a dejar un navío que se hunde? ¿Lo que todavía osaríamos hacer?”

Ya iba a cerrar el libro y agarrar el abrigo en su cuarto cuando una foto grande y aun excepcionalmente nítida, enfocando los pasajeros de “El Arca”, le llamó la atención. Se leía bajo la foto: “Juan Gallino Martín y amigos en el Puerto de Hanga Roa – 24/12/2012 – día uno del año cero.

—¿Pe… pero como es qué…? —exclamó la chica, sintiendo que le faltaba el suelo—. ¿Lo qué…? —gimió, sin comprenderlo. 

Corrió para su cuarto, con Narval siguiéndola y gimoteando solidario. Se sentó en el tocador en llantos y el zorro le subió al regazo para lamerle las lágrimas.

La horrible foto de aquellas personas no le salía de la cabeza: las orejas pequeñas y extrañas, las sonrisas llenas de dientes redondeados, las caras desnudas y pálidas y los ojos… ¡Tan… tan no humanos! 

Ximenita miró su reflejo en el espejo y sintió un escalofrío de helar el corazón. Abrazó Narval y, por algún tiempo, los cuatro ojos amarillos y de pupilas verticales y vulpinas piscaron juntas y se pusieron asombradas, el producto de la osadía y genio del tatarabuelo Juan Gallino.

RUBEM CABRAL es ingeniero de software, nació en Rio de Janeiro y hoy vive en Zurique, Suiza.

Le encanta la literatura fantástica y ya publicó algunos de sus trabajos en antologías como “FC do B”, publicación anual de Tarja Editorial. Obtuvo la 1ª colocación en la categoría Cuentos de la competición literaria “Raízes” (Raíces) en Ginebra, en 2010.

Rubem generalmente prueba los límites del texto escrito con sus meta-ficciones, pero también escribe historias de ficción, cuentos alternativos, ficción científica, sátira y cuentos de terror.


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