Nombre doble

Él llegó antes del previsto. Yo no estaba listo. Recibí su visita anticipada con una sonrisa apretada y un tanto tonta. Nos miramos por algún tiempo antes de arriesgarnos alguna palabra que no nos hiciera raro aquel silencio. Su figura alta y corpulenta poco se asemejaba al rostro afilado de la fotografía suspensa en el sitio de la Sociedad de Cirugía Plástica de Ourinhos. Pero aún la arruga al lado de la boca ―ah, tenía una arruga persuasiva en el canto de la boca― existía para convencernos que la belleza es un bien fundamental.

―Los zapatos blancos... ―él dijo, por fin. 

Volvió los ojos a un punto cualquiera de mi ceja izquierda. Esperé que continuara la observación, pero nada dijo. Solo había el silencio de antes y mi risa torpe.

― ¡Por eso me llaman Jacinto! ―arriesgué, torpe. Él ya sabía mi historia de memoria, repetida tantas y tantas veces por correo, MSN, chats y mensajes al fin del día. ―Con el tiempo aprendí.

 ―Aprendió que gastar la suela de los zapatos es un arte que requiere no solo buenos zapatos, pero zapatos blancos.

― ¿Cómo entonces? ¿Ya memorizaste mi respuesta lista a alguien que me pregunte el porqué de los zapatos blancos? ―En verdad no me sorprendió el hecho de haber memorizado mis manías al juzgar por tantas veces que las escribí en los correos que le había enviado.

―Me imagino que ya no aguantas que mencionen sus zapatos o te llamen de Jacinto.

―La verdad es que me acostumbré al apodo. Todos me conocen por Jacinto. Creo que nadie sabe mi verdadero nombre.

―Nuestro verdadero nombre.

Si, teníamos exactamente el mismo nombre: Reynaldo Augusto Costa. Con cuanto no hablásemos del asunto, la coincidencia de los nombres era la razón por la cual él entraba por primera vez mi piso, mientras ponía los ojos en algún punto de mis cejas y hablaba de mis zapatos blancos.

§§§

Es cierto que todos guardamos un secreto; aunque pequeño, siempre habrá uno allí, muy próximo de aquello que nos obligue a preguntar “¿Cómo estás?” a cada saludo. Siempre habrá un secreto disfrazado, a dolernos las puntas de los dedos. También cultivaba el mío, lo que comprobadamente no me hacía una persona distinta de los otros, pero tengo que admitir que las consecuencias de ese mi inocente secreto casi compromete mi sanidad.

Al principio no era más que una manía. Pocos de mis amigos me llamaban por mi nombre. Era conocido solo por Jacinto, a causa de los zapatos blancos en los cuales acomodaba mis pies y por los cuales conducía suave mi caminar. El apodo se refería a Jacinto Figueira Jr., del extinto programa de televisión, “El hombre de los Zapatos Blancos”. Y por Jacinto, simplemente Jacinto, todos me llamaban. Tal vez por esta razón, tenía la necesidad de inscribirme en la internet con mi nombre verdadero. Y tal vez por eso también tenía el hábito diario de buscar por “Reynaldo Augusto Costa” en Google.

Todas las noches, a las veinte horas y cuarenta y siete minutos, digitaba mi nombre completo en Google. Un nombre nada usual, principalmente por el nombre doble, Reynaldo Augusto, de modo que lo encontraba solo en los sitios que estaba acostumbrado a visitar, además de los exámenes públicos que hiciera y de las peticiones que sin paciencia firmara. Las mis propias huellas: era lo que efectivamente hallaba. Pero, aun así, no me cansaba de buscarme en la Internet. A veces digitaba mi nombre entre comillas; otras, sin comillas; otras más, tan solo en siglas. El gran universo de posibilidades me daba una infinidad de combinaciones. Mis búsquedas seguían en la madrugada.

La verdad es que, el día siguiente, me daban ganas de dormir en la oficina donde trabajo. Pero me valdría más presente que por el nombre que pocos conocían. Eran pocas las personas que me conocían por los tres nombres que se formaban despacio a cada letra digitada. Y, a cada noche, me encontraba y me perdía en los resultados de Google mientras digitaba débil mi nombre. Reynaldo Augusto Costa ―como era caro inscribirme así. Yo, en código binario. Yo, antes de nacer. Se convirtió en un vicio entonces, mis búsquedas en la madrugada.

Y fue en una madrugada, entretanto, que me perdí completamente al darme cuenta de un sitio que poco decía sobre mí. Era un sitio de cirugía plástica. Pertenecía a una Sociedad de Cirugía Plástica de Ourinhos, de la cual nunca había oído hablar. En principio, no me gustó el sitio, resultado de una búsqueda con mi nombre completo entre comillas. Escribí nuevamente mi nombre completo entre comillas, en la esperanza de que la página fuera un error de digitación, pero no. Entre los resultados, brillaba más fuerte este sitio, como si fuera una provocación. Ingresé en el sitio y vi mi nombre completo, Reynaldo Augusto Costa, bajo la foto de un cirujano plástico. En realidad, la fotografía apenas mostraba el rostro un tanto flaco del médico. 

Él me parecía tener como treinta y cinco años, ojos pequeños y oscuros bajo dos cejas gruesas, que delineaban las dos lentes gruesas de las gafas sostenidas por una nariz aguileña, ambas desproporcionadas al rostro delgado. No tenía un rostro harmonioso, pero mantenía una sonrisa persuasiva, como si quisiera convencer a los que le miraban que la belleza es algo fundamental. Examiné el sitio durante toda la noche. Hice clic en todos los enlaces que el sitio pudiera ofrecerme. Visité todas las direcciones posibles y volví a la foto del médico por más de veinte veces ―confieso que dejé de contar después de la vigésima vez. Las últimas veces que miré la foto, el cirujano me parecía menos feo, o mejor, ya me parecía bello, armonioso a los tres nombres que lo definían. Se convirtió en una idea fija hasta: volver a aquella foto, atribuirle belleza y relacionarla a mi nombre. Yo, él, nosotros, antes de nacer, el inicio de mi fin.

§§§

Cuando me dicen buenos días, agarro aquellas palabras como si fueran un deseo sincero. Una promesa. Una previsión de que mi día será, ¡qué suerte la mía!, bueno. Así le doy mil gracias verdaderas a la persona que me repite “buenos días” todas las mañanas y que, por no comprender la profundidad de mis gracias, se apura para contestar “de nada”. Al salir, agarré el “buenos días” automático del vecino con tanta fuerza que lo asusté y él dejó el ascensor en el piso siguiente.

―Esa no es la planta baja, pero el noveno piso ―intenté decirle, al que el vecino no me contestó. 

Seguimos yo y el deseo de buenos días en el ascensor. Aquel sería un buen día, estaba convencido. Desperté con más ánimo después de la noticia de que me agregara a su lista de amigos en Facebook. Tantos correos enviados en vano, pero, por fin, aceptaría mi invitación. No sabía que teníamos el mismo nombre, pues le invité con el perfil de Jacinto. Tampoco se enterara de mi obsesión. De las veces que llamé a su oficina como si fuera el número equivocado. De las madrugadas en que lo busqué en Google, en que lo espié por la Internet. No, no lo sabía. Ni siquiera yo ya sabía de mí. Ya no me reconocía. 

Pero en aquella fecha, además  del “buenos días” del vecino, ya entraría en Facebook en mi oficina y me revelaría al otro, en nombre de nuestro nombre. Llegara el momento y no lograría guardar el secreto por más tiempo. Necesitaba libertarme de lo que me consumía, que me confundía en una gran pasión. Al llegar a la oficina, sin embargo tuve una sorpresa. Una persona, cuyo nombre era Reynaldo Augusto, me había llamado temprano por la mañana.

―Llamó hace poco por la segunda vez. ¡No sabía que tú era Reynaldo! Pensé que fuera Jacinto. ―repitió la secretaria al entregarme el papel apuntado con el teléfono y el nombre duplo, igual al mío.

Respiré, puse el dedo indicador a los ocho números y esperé.

― ¿Aló?

―Hola, mi nombre es Reynaldo Augusto ―había tiempo que no decía mis dos nombres en voz alta y estaba satisfecho. ―Me avisaron que me llamó en la oficina.

....

 ― ¿Aló?

―Perdóname. Es que la historia es larga. Para resumirla, recibí una correspondencia de una tienda de São Paulo acerca de un cheque sin fondos. Raramente voy a São Paulo, lo que me pareció, como mínimo, curioso... Entonces descubrí que existe otro Reynaldo Augusto Costa, que vive en São Paulo. Luego descubrí dónde trabajas. Llamé ya dos veces. Lo curioso es que tardaron en saber que eras tú. Creían que tu nombre era Jacinto.

―Pues sí, un nombre tan distinto, y lo tenemos los dos, el mismo nombre. Jacinto es mi apodo.

― ¿Cómo?

―Todos aquí me conocen por mi apodo: Jacinto.

―Curioso... ―para él todo le parecía curioso. Tenía la voz pausada, en tono grave, que convertía el curioso en raro, casi trágico.

Poco a poco nos presentamos, hablando acerca de otros asuntos además de nuestros nombres iguales. Luego le hablé de la invitación a Facebook y de la amistad que vendría a nacer después de la llamada. Nos correspondemos por correos electrónicos, MSN, chat y mensajes SMS en el final de día, hasta que al fin quedamos de encontrarnos: visitaría mi piso tan pronto llegara a São Paulo.

En el día marcado, arreglé el piso para recibirlo después de la limpieza y “bañarme” en colonia. El reloj marcaba siete menos diez. Él llegaría en menos de dos horas. Esperé ansioso mientras observaba su foto en la Internet. Los ojos oscuros y la media sonrisa: lo suficiente para persuadirme de que la belleza era un mal necesario. 

VERA ROSSI nació en Ourinhos, São Paulo, en 1976. Es escritora y periodista, con máster en Literatura y Crítica Literaria y Doctorado en Comunicación y Semiótica, ambos por la Pontificia Universidad Católica (PUC).

Ella escribe para el sitio Portal Cronópios y las revistas Língua Portuguesa y Zunái. Es la autora de "Mind the Gap", publicado por la Editora Patuá.

Para leer más sobre su trabajo, visite el blog Palimpsesto.


Traducido por


Apoyo Cultural


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