Pasante asistente

En aquél día me fui más temprano al Foro. La última experiencia en las prácticas no había sido buena. Me explico: muchos pasantes, pocas cabinas para atender y, como mi servicio es en el final del expediente judicial, pocos se habilitan a buscar la Justicia en el término del día.

De la última vez, ¡yo literalmente robé! ¡Robé dentro del Foro! Robé la atención de un “autor” mientras otro pasante le atendía. Me fui infiltrando en su caso, hice preguntas haciéndome interesada y, al final, ¡lo robé para mí!

No tengo mal carácter, solo intento convertirme en abogada…

En verdad, cada cliente que atendemos ―empezamos a llamarlos “autores”― vale una determinada cuantía de horas que los pasantes deben cumplir al final del semestre para que se le aprueben la asignatura PRÁCTICAS I. O sea, nos volvemos mercenarios en busca de autores, robando unos de los otros.

Es la ley de la selva…

Entonces, en ese día me fui más temprano a fin de capturar autores primero y tener paz para atenderlos sin dar codazos con más quince pasantes en aquellas dos pequeñas cabinas de atendimento. Llegué media hora más temprano y me presenté a la abogada supervisora, que apenas ha perdido la colega de trabajo y está sola para supervisar a TODOS los pasantes al mismo tiempo. ¡Una locura!

La abogada me dijo que yo estaría en la selección para dar oportunidad para que una pasante novata redactara su primera petición. Me puse un tanto frustrada. La petición, además de ser más divertida de hacer, ¡vale más horas!

Muy lista, sugerí que yo ayudara la novata, solo como para darle apoyo moral…

Y así fui a darme aires de profesora, con la grandísima experiencia de solo tres peticiones de verdad, para enseñarle a la chica cómo proceder. El autor delante de nosotras, rostro de mozo simpático, de habla mansa, dijo que había comprado su armario en las tiendas Ponto Frio y no le habían montado. Quería daños morales y el montaje. Caso simple.

Con el modelo de petición abierto, la chica puso los finos dedos estirados sobre las letras del teclado, mientras me miraba aterrorizada. Su mirada iba desde mi rostro hacia el rostro del autor y después para la pantalla vacía y volvía a mi rostro. Vi que de allí no saldría nada…

Empecé profesionalmente:

―A ver, empezaremos a redactar la historia del autor, los factos en el orden cronológico…

Imaginé que la flacucha comprendería y prontamente empezaría a teclear. No lo hizo.

Me miraba con aquella sonrisa amarilla y ojos saltones de alguien que no sabía lo que hacer. Ni CÓMO hacerlo. Continué:

―Bueno, escribe algo como: “El autor, en tal día, compró el armario modelo X, en la empresa acosada y pidió que lo entregara en la dirección del amigo…”

La chica empezó a teclear exactamente lo que decía yo.

―No, no tienes que teclear como yo digo. Es solo una idea que te estoy dando. Puedes escribirlo con tus palabras.

Y ella se quedó parada, los dedos temblando, el cerebro bloqueado.

Desistí. Finalmente dicté todo para la pobrecita.

A la medida que ella tecleaba ¡yo quería gritar y salir a carreras! La chica no usaba filas, no elaboraba frases coherentes y no veía los errores que apuntaba yo. ¡Ella hasta mismo comía palabras y no encontraba los errores cuando le pedía que los corrigiera! ¡Qué interesante! Y peor, para picardearme (solo puede ser esto) ¡la chica escribía “mas” con tilde! Sí que se usa con mayor frecuencia el adverbio “pero” en lugar de “mas” que es muy formal, entretanto no se puede confundirlos y meterle una tilde. ¡Ella no estaba a sumar nada para usar “más”! 

Momento de reflexión: ¿cómo puede existir personas que pretenden ser abogados cuando ni siquiera saben escribir?

Relevé en el momento porque empecé a tener pena del autor, que nos miraba con la esperanza de tener su petición lista antes de las seis de la tarde, plazo máximo para poder dar entrada en el proceso en aquel mismo día.

Petición casi lista. Después de dictar todo, vi la alegría y el agradecimiento de la chica extremamente flacucha. Y ella me preguntó:

 ―¿En qué semestre estás cursando?

―El séptimo, como tú.Le contesté.

Ella obviamente se asombró y siguió incrédula:

―Vale, pero tienes un abogado en la familia…

–No. Nunca había puesto los pies en el Foro, ni siquiera leído una petición antes de empezar las prácticas desde hace tres días.

Ella me pareció maravillada, me miraba como si yo fuera una excelente profesora, excelente abogada con treinta años de experiencia. Le expliqué que lo me ayudaba era mi cara dura. Fue la mejor explicación que le pude dar…

Metí la chica en la fila de pasantes que se formaba delante de la abogada supervisora para que revisara las peticiones e informaciones que nos hacía falta en el sector de selección. De allí, vi otra pasante llena de trabajo. Como no tenía nada para hacer, resolví ayudarle. Creo que allí sellé mi destino…

La abogada atribulada, en medio al desorden, intentaba hacer tres cosas al mismo tiempo y no lograba concluir la fila de pasantes con distintas demandas. De repente, gritó para otra pasante perdida:

“―Sí, Clarice va a mostrarle.―” Y a mí me dijo: “―Clarice, va a enseñarle como se elabora un proceso.”

¿Yo? ¿Enseñar? ¡Ya lo puedo!

¡Estoy completamente feliz por poder ayudar y por tener mis parcos conocimientos reconocidos por la supervisora! ¡Soy muy tonta!

Nota final: la pasante flacucha me confidenció al final del plantón:

―Quiero actuar con la Ley Penal.

Yo, alarmada, sin comprender y francamente sorpresa, le respondí exagerada como siempre:

―¿Verdad? ¿Quieres actuar solo con bandidos, crímenes y violencia?

Ella se puso una carita de tonta con una sonrisa amarilla. Yo completé:

―Ah, sí…― Entonces bien, pensé.

¡Fe en la justicia, personas! ¡Nosotros, pasantes estamos por ahí!

CLARICE D’IPPOLITO nació en Rio de Janeiro en 1977. Se licenció en Turismo en 2003, hoy es estudiante y pasante de Derecho. 

Trabajó como traductora, camarera en cruceros internacionales, agente de viajes y en grandes empresas públicas brasileñas. 

Nació en una familia de escritores y empezó a desarrollar ese hábito cuando niña como una manera de pasar el tempo.


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