Pasatiempo

Lo que irá a pensar es que él es solo uno de estos sujetos extraños con quien siempre nos encontramos en la calle y, por ningún motivo además de que lo creemos extraño de manera que no sabemos explicar, tenemos la perfecta convicción de que es mejor no conocerlo al punto de tener que incluirlo en nuestro círculo social. Habrá un rasgo de excesiva autoconfianza en su voz y su comportamiento, a pesar del hecho de él mismo juzgarse demasiadamente extraño. Este rasgo probablemente potencializa cierta dificultad general de estarse mucho tiempo en su presencia – opinión corroborada, aunque no sea manifestada abiertamente, por los otros sujetos de la División de Cloaca del Departamento Municipal de Obras y Vías.

Sus manos tendrán aquél aspecto coriáceo, por una exposición rutinera al sol, pero también resultado de una pitiriasis mal curada: el contacto diario con las tuberías de cobre, ignorando la obligación de la utilización de los guantes que la División disponía, no ameniza el problema. Los nudos de los dedos, de una grosura simiesca, tendrán la apariencia de una de las herramientas que se moldan a sus manos cuando él cierra el puño, y los dedos se confundirán con una de las llaves de empalme que lleva en el cinturón de cuero de las herramientas, con sus puntas chatas, capaces de girar una válvula de retención con facilidad, de empuñar las rodillas de cobre aún calientes, de agarrar como palanca detritos gigantescos de concreto armado antes de la llegada de los muchachos del Sector de Recogimiento. Sus intereses ―situados en una esfera completamente anómala a la fijación de una charla que interese a los groseros operarios de la División― serán de una especificidad que merezca figurar en uno de los documentarios de Discovery Channel y ser venerados con una dedicación tamaña que Dios seguramente preferiría verla aplicada a la pintura de cabezas de alfileres. Él irá a mostrar, sin cualquier invite formal a esto (pero entenderá un menear afirmativo de la cabeza de su colega en el vestidor ropero como un incentivo a una charla más allá de un simple “Hola”), el eritema en su mano izquierda, en aquella región gordita situada entre el indicador y el pulgar, y no conseguirá ocultar la satisfacción en contar su condición de conejito de indias en un experimento particular sobre la alteración en el ciclo reproductivo de los chinches a causa de la ingestión de óxido de cobre, y por lo tanto se dejó morder por uno de los seis insectos que cría en una caja de vidrio con un pedazo de colchón, en el cuarto de huéspedes de su apartamento. Es verdad que esta información no tardará en llegar a los oídos de los otros colegas de la División, aunque no sea bien cierto si esto ocurrirá justo antes de que ellos decidieran desconsiderarlo, incondicionalmente, de cualquier invitación para participar de las rodadas de póquer los jueves en el almacén del Viejo Trajano. 

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Cuando se oye una historia como esta, no importando la cantidad del contexto que sea conocida, lo que irá parecer es que él tal vez sea portador de alguna disfuncionalidad que, entretanto, no lo impide de ejercer con una destreza admirable su función diaria de enganchar, desenganchar, hacer la manutención, cuidar del rebite, elevar y desviar las tuberías, rodillas, válvulas, crucetas, reductores y ensanchadores, mismo cuatro o cinco metros bajo de la línea de la pista de rodamiento, mismo con el filtro de aire precario que no evita que los olores fétidos se prendan al cartílago de las narinas, mismo con una iluminación parca que exige más de reconocimiento táctil que visual sobre la seguridad de su procedimiento, en un cruzamiento cualquier, en una calle cualquiera, en una avenida cualquiera puesta en el sistema de cloaca de la ciudad.

Lo que solo se sabrá bien más tarde ―porque, ya conocedor de las especulaciones sobre su supuesta disfuncionalidad, debilidad, o sea, cuales terminologías limitantes se convirtieron habito aplicarle por los pasillos de la División― es que él prefirió impedir que llegara al conocimiento de cualquiera el nivel de entretenimiento que sus intereses alcanzaran.

En el juzgamiento, el promotor usará la palabra pasatiempo irguiendo simultáneamente los dedos índices y medios de las dos manos en la dirección al jurado, formando dos pequeñas garras en movimiento en el aire, para señalar sus aspas imaginarias – cosa que acentuará su desdén por el término, ya evidenciado por el tono irónico con que pronunciará “pasatiempo”. Él, en el banco de los reos, desviará la mirada para la multitud que estará presente y verá aquella colega suya, una rubia de pellos descoloridos del Sector de Quejas, sacudiendo la cabeza en negativo y murmurando, con poco caso, “pasatiempo…”.

Lo que parecerá es que no hay algo de lúdico en su emprendimiento: él abandonó las experiencias biológicas así que el nivel de óxido de cobre corroyó las entrañas de los chinches, de manera que él no pudo llegar a ninguna conclusión satisfactoria sobre la anomalía de su ciclo reproductivo y todo lo que consiguió apuntar en su cuaderno en espiral fue: “el negro del óxido de cobre no escureció la secreción verdoso en el colchón de los chinches”.

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La verdad es que nadie conocía las partes de las tuberías como él. 

Aquellos que trabajaban en el crucero de la calle Don Pedro con la calle Farrapos, al igual que los que enfrentaban la complejidad del sistema de canalización de la calle Bento Gonçalves, ellos solo cumplían los diagramas, aprendieron con el pasar del tiempo a leer las plantas con destreza y seguían su Ritual de Quehaceres del día sin el compromiso que él empleaba. Él, mismo antes de la luz de su casco empezar a fallar, ignoraba solemnemente las plantas y diagramas, reponiendo las válvulas de bloqueo, eliminando las que juzgaba desnecesarias y cambiando el curso de desagüe de cloaca conforme la intensidad y con la presión de flujo que identificaba con solo dejando la mano un instante sobre el caño central. Por eso, cuando retornaba a la superficie, mismo cuando todos sus colegas ya habían vuelto para la División a las cinco horas y él debía aguardar unos cuarenta minutos hasta que el conductor volverá para buscarlo, tenía en los bolsillos del mono un conjunto de válvulas, codos, manómetros y reductores: limpiaba bien la cloaca, eliminando los accesorios de tubería que algún colega perezoso había instalado por toda parte sin necesidad, solo por el conforto y para librarse de calcular si la presión en aquella región necesitaba realmente de otro medidor – en duda, por supuesto que aquellos que no conocían las tuberías como él conocía, instalaban manómetros, termómetros y decenas de otros componentes innecesarios que hacían la línea de la cloaca “sucia”, sin la fluidez que su buen trabajo traía de vuelta. Era fácil llenar la carrocería del camión con piezas del Sector de Reposición y esparcir por la tubería entera aquellos “curativos” que perjudicaban el curso del sistema de cloaca.

Lo que irá parecer es que él estaba suprimiendo las piezas de manera arbitraria al sistema de tuberías, no respetando el Ritual de Quehaceres, sacando componentes y combinaciones, coleccionando empalme y filtros de cobre en sus bolsillos, sin levarlos nuevamente al Sector de Reposición. Porque era esto, él no los llevaba de vuelta para el Sector de Reposición. Cuando la fiscalía exhibir las fotos de todas aquellas piezas en su apartamento, su abogado tentará usar el argumento de que él montaba una especie de instalación de arte contemporánea, “una obra de sensible aclamación a los conductores de nuestros desechos n”, es esto lo que dirá un poco antes de que él tribunal casi desatara por entero en carcajadas y el juez estuviera obligado a golpear aquél su martillo pidiendo orden.


Lo que irá parecer es que cualquier actitud presupone la necesidad de una justificativa y que el pasatiempo, por sí solo, no es un argumento suficientemente fuerte como para lo que él estaba haciendo.

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Lo que estaba haciendo, esto desde antes de empezar con ello, era pasatiempo. Una seguimiento mecánica y primorosa de lo que en los primeros años era natural y biológico, desde que los sueños habían empezado: sueños mojados, enfurecidos, dinámicos como volcanes, traicioneros como niños ocultos detrás de sofás para asustar las viejas tías, llenos de ángulos obtusos, resbales improbables, calentamiento involuntario y sensación de vértigo.

Esto fue antes. Antes de empezar a domar los sueños.

Mucho antes de transformar aquellos instantes en impulsos que le hacían apretar los dedos del pie, escalofríos que recorrían la columna cervical entera dando vuelta hasta concentrarse en la zona caliente, chirriando entre sus piernas porque era demasiado fuerte, demasiado agudo, demasiado intenso. Porque así que él los domó e hizo de aquello su momento único, particular, se volvió un pasatiempo bastante bueno como para repartir con alguien más Era su pasatiempo. Que después se dispersó para una bici amarilla de doce marchas, paga en veinticuatro veces que era un continente de posibilidades, un panel práctico de ciencias mucho más próximo e inteligible de lo que viejas fórmulas garabateadas en un cuadro verde. El primer paso consistía en encontrar los recipientes que recibirían las centenas de esferas minúsculas que estallaban como palomitas por el suelo cuando él abría la caja de la corona usando una llave de fenda como palanca, retirando de manera meticulosa ―en estas horas el magnetismo de la llave de roda tenía gran valor― cada una de las largas astas metálicas que formaban el rayo; cámaras y cuadro eran dejados de lado, tal la insignificancia de su falta de complejidad. Se concentraba directo en el cambio, que era reducido a un amontonado repleto de casetes, cabos y macarrones: decenas de piezas de precisión que eran desmontadas con un sentimiento autentico de conocimiento, una seguridad automática como si él supiera exactamente para dónde estaba yendo, aunque estuviera muy lejos y, seguramente, no supiera en qué iba a terminar, pero sí que valdría la pena, sería sublime cuando realmente llegara allá. No importaba dónde fuera.

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Lo que irá parecer, dirá su abogado, levantándose rápidamente en protesto y bramando para el promotor, es que sus actos fueran premeditados. Entonces él pedirá que se desconsideren completamente los ciento ocho bloques encontrados en su cuarto, todas las plantas electrónicas de circuitos, diagramas, cuadernos de apuntes, hojas sueltas, manuales de retentores de alta presión, calderas, collages y sus dibujos en cuadernos cuadriculados en escala uno por veinte. Él estará preocupado con la posibilidad de que los materiales ilustren una personalidad “psicótica” y pedirá que se respete la privacidad de él en cuanto a sus “hobbies”, que ninguna relación tiene con el caso que allí se juzga. Él mismo irá controlarse para no reír, dándose cuenta de cuán infeliz es esta argumentación, tal vez su abogado no sea el profesional más preparado del mundo para hacerlos entender el sentido del pasatiempo.

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El tiempo, le habían icho, pasaría cada vez más rápido. Pero esto no era del todo la verdad cuando estaba envuelto en el desmontaje y montaje del reloj de agua del patio de la casa donde vivía cuando era niño, distribuyendo encima de una hoja de papel tamaño A0 cada uno de los elementos que iba extrayendo, algunos minúsculos, numerados en orden secuencial de retirada para que después pudiera colocarlos todos de vuelta sin confundirse, antes que su padre volviera. Después, no. Se arrastraba. Tal vez porque su padre estuviera allí presente en aquél taller con olor ocre, con estopas exhalando gasolina y la visión de las uñas cubiertas de grasa no eran un atractivo verdadero, no reflejaban su ideal de pasatiempo para que se colocara con disposición verdadera en la rutina de desmontar motores, curvado sobre la banca como un joyero sobre su trabajo o un monje copiando manuscritos, y lamía con pinceles minúsculos, velas de ignición, conductos de escape, bielas y balancines, entregado a una obra que se había vuelto obligatoria e infinitesimal, diferente a las que optaba por hacer, cuando no había nadie pidiendo para que se desmontara las cajas telefónicas en las calles o que abriera una de las bocas de lobo para entender la dirección que tomaba el caño de cloaca que salía de su casa.

Lo que irá parecer es que él no obtenía placer en utilizar sus habilidades manuales para algún fin realmente práctico o que hiciera parte de algún proyecto cualquiera al cual alguien daba mucho más valor de lo que a las pequeñas investigaciones que hacía. Si fuera así, no habría ingresado en la División de Cloaca. Si fuera así, no habría tomado para sí y escudriñado cada uno de los intrincados sistemas de desagüe de los deyección de aquella ciudad inmensa.

Era en la División de Cloaca del Departamento Municipal de Obras y Vías que tú descubrías, cuando finalmente creía que iba a juntarse con un grupo de personas con intereses tan intrincados y necesarios de dedicación como los tuyos, que este grupo de personas no estaba allá. Tú estabas, y no tardaba para que la sencilla mención de un proyecto que, para ti, llamaría la atención de todos, se transformara en gallofa y entonces lo juzgaran un sujeto demasiado extraño.

Es verdad que nadie en la defesa admitirá cualquier sentido práctico en aquello lo que él había hecho, aunque intenten alejar de su persona la imagen de un sujeto extraño, algún tipo de anti social. Los circunloquios más lo perjudicarán, principalmente cuando hicieren cuestión de enfatizar el detalle de él no ser un conocedor de estructuras de concreto armado, por lo tanto, ignorante en calcular la probabilidad de que su instalación rompiera el piso. Instalación, es así que ellos llamarán. No trangallo. ¡Es la mierda de un trangallo!, gritará enfurecido alguien que asiste al juzgamiento. Probablemente el padre.

Lo que irá parecer es que él estará abdicando de su culpa manteniendo el silencio y recogiéndose en la silla, contradiciendo, con un gesto tan repleto de temor, toda la idea pre-concebida que se puede tener de un sujeto con su apariencia. La excesiva autoconfianza en su voz y comportamiento no está más allá. El aspecto coriáceo de sus manos solo lo volverá más repugnante, cuando un movimiento involuntario, que tendrá más de nervioso que de insolente, impulsarlo a tamborilear, con sus garras groseras en la mesa de madera frente a su silla. Sus nudos de los dedos simiescos parecerán no tener serventía alguna, mal cerrándose cuando intentara prestar algo de dignidad a sí mismo, ajustando el nudo de la corbata ceniza que era de su padre y será su elección para aquél día entero de juicio.

 Lo que irá parecer, admitirá, frente a todos, Charles Trevisan, el cargado del Sector de Reposición, es que no había ningún tipo de control en el área por la cual es responsable, y que el desaparecimiento sistemático de centenas de tuberías, rodillas, válvulas, crucetas, reductores y ensanchadores, manómetros t termómetros, era algo que pasaba ajeno al conocimiento de cualquiera y que alguien solo empezó a realmente prestar atención a la ausencia de varias piezas cuando un tanque de mixtura de polipropileno, un gigantesco cilindro con capacidad para diez mil litros de efluentes, desapareció del sector. Lo que Charles Trevisan no admitirá frente a todos que son sus constantes y vespertinas incursiones al almacén del Viejo Trajano, de los pequeños vasos secuenciales de steinhäger, virando todo a los pequeños sorbos con la misma ansiedad con la que intentaba virar su culpa en la historia toda, si se hubiera dado cuenta antes que fuera demasiado tarde no es que fuera un apasionado por los niños, su mujer había insistido desde siempre para que tuvieran hijos y su constante negativa fue probablemente el motivo más significativo para que ella decidiera partir para el sur del país dejándolo solo con el viejo gato. Aun así, la culpa seguirá allá, latiendo como una inflamación que ningún antibiótico pone fin: tendrá su parcela de culpa por lo hecho de que el sujeto del rescate precisará izar con un guindaste el cilindro de polipropileno para retirar el pequeño cuerpo allí debajo; ¿cómo diablos aquél imbécil consiguió retirar un tanque con capacidad de diez mil litros ubicados dentro del sector sin que nadie se hubiera dado cuenta? 

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Lo que irá aparecer es que todo fue solo una gran estupidez: la estructura montada en su sala de estar. No importará la ingeniosidad toda de la cosa, el hecho de los caños de cobre aparentes estar clavados con separadores que los distanciaban exactos diez centímetros de la pared para que su calor no interfiriera en la estructura eléctrica pre existente. ¿A quién le esto importa? Es verdad que además de Charles Trevisan, la culpa real, toda la culpa, podría ser dividida aún con la señora Clarice, aunque no hubiera verdaderamente un porqué para ella culparse por el facto de haber decidido colocar la cuna del bebe en la sala, para estar más cerca de él mientras planchaba la ropa, ya que no podía confiar plenamente que escucharía su llanto o se correría suficientemente rápido caso él estuviera ahogándose en el cuarto que le tenían preparado para su llegada.

Toda la tarde resplandecía con claridad de un sol primaveral, aunque se pudiera decir que el calor que emanaba del techo del apartamiento, exactamente en el punto debajo de donde la estructura toda la estructura de arriba estaba montada, fuera una cuestión de constante preocupación. Pero nada que se comunicara en voz alta, solo con uno de estas comezones que van incomodando, que en el inicio se imagina ser una picada de insecto para después revelarse como un eczema o algo que debería haber recibido mayor atención desde su principio.

Así.

Entonces, habrá la culpa. Que no suplantará el odio por la estupidez, la gigantesca estupidez que se mostrará en la idea de construir aquella estructura, de montar un tanque de polipropileno en el centro del salón, sustentado por barras chumbadas en el suelo de parqué, como el “Gran Finale” la tela de estructuras formada por la composición de todas las piezas que fueron hurtadas de los sistemas de cloaca de la ciudad y que deberían estar en el Sector de Reposición, que alguien del Sector de Reposición debería haber notado antes que fuera demasiado tarde.

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Y lo que no irá parecer, por más que su abogado se esfuerce, mostrando en el flip chart las “pruebas” de que él tenía el control de todo y que aquello no pasó de un lamentable accidente, es que él tenía el control de todo. La hoja de papel milimetrado (Ítem D 17) será desenrollada de manera que todos verán el proyecto de un esquema complejo de canalización conduciendo todos los sistemas y los colectores de agua y cloaca del apartamento en dirección al tanque. Será evidente ―porque el abogado llamará la atención para estos detalles― la ingeniosidad y el cuidado previo en no interferir en la red central de captación del predio de manera que pudiera causar cualquier tipo de problema para los otros vecinos. Presión, atmosfera, volumen, vaciamiento: todo estará representado por símbolos físicos que para el jurado sonarán como jeroglíficos. Lo que será claro, y para esto no será necesario la pre-existencia de ningún tipo de organograma o tabla de señales, es el llanto de la señora Clarice cuando ya se haya levantado de su lugar en la silla de testigo.

Lo que irá parecer es que él es solo uno de estos sujetos extraños con quien siempre nos deparamos en la calle y que no tenemos la menor conciencia ―ni tendríamos cómo, empeñados que estaremos en no conocerlo a punto de tener que incluirlo en nuestro círculo social― de sus pretensiones o ambiciones. Sus intereses serán distantes para nosotros, situados en una esfera completamente anómala a la fijación de una charla que pueda interesarnos o hacerse entender si no supiéramos el funcionamiento básico de sistemas hidráulicos montados de manera irregular en un apartamento residencial.

Es probable que nos llame la atención en su conversación (si él entender cualquier movimiento nuestro como anuencia para empezar a explicarnos la complejidad de su estructura), el hecho de que él suspendió por guindastes un tanque de polipropileno, con capacidad para diez mil litros de efluentes, para que pudiera entrar por el hoyo que él abrió en la pared de su apartamento. Pero probablemente no estaremos en su presencia para que él nos explique esto en ningún momento antes de que pase todo. Lo que nos llamará la atención será la frase proferida por la reportera de la TV local frente al predio, con todo el alboroto de los bomberos y ambulancias y servicios de rescate y todo lo más al fondo, en la transmisión en vivo del desastre: Un pequeño ser abatido por una gigantesca estupidez. Y esta será la frase más objetiva posible que alguien osará proferir para intentar describir lo que la señora Clarice vio. Nadie sabrá lo que ella sintió (aunque más tarde, cuando contar la historia toda con un tono de pesar en la voz, como más una de estas cosas más que necesitas contar a los amigos en una mesa de bar cualquier, alguien murmure algo como “Voluntad de Dios” y otro diga algo como “Dolor Sin Fin”, y nadie responderá pero la declaración de la reportera local, aunque transmitida por los medios de comunicación, aunque garabateada un sin número de veces en su cuaderno, para calcular el impacto exacto que podría tener sobre los telespectadores, es probable que sea la descripción más exacta de lo que la señora Clarice vio: un pequeño ser abatido por una gigantesca estupidez, porque estar allí en el salón, planchando la ropa con la mirada atenta sobre el bebe que duerme tranquilo en la cuna, en un segundo, y ver el niño, así, desaparecer en el otro segundo, abatido por un tanque de polipropileno, una gigantesca estupidez surgida de quién sabe dónde, pero que atravesó el piso del apartamento de arriba, abatiendo su pequeño ser, era algo de un Dolor Sin Fin, una herida hedionda que nunca cicatrizaría, o tal vez sumiría sería el término más correcto.

Lo que irá parecer es que él construyó una inmensa estructura de millares de kilos sobre un piso de apartamento residencial sin que tuviera conocimiento para esto porque era un estúpido, y porque estaba enamorado por que parecía tener de ingenioso e intrincado y genial para su alto grado de estupidez.

Lo que no irá parecer ―por más que él propio se esfuerce y haya un historial de su vida contado para un jurado entero en la tentativa de convencerlos de esto― es que todo aquello fue montado allí solo por divertimiento. Mismo que, para él, haya sido esto que le pareció.

ALESSANDRO GARCIA nació en Porto Alegre en 1979. Tuvo su trabajo publicado en revistas literárias como Ficções y Cult, además de escribir para los sitios Digestivo Cultural, Cronópios, Scream & Yell, Portal Literal y Musa Rara, entre otros.

Participó de las antologías Cenas de oficina [Escenas de taller] y los volúmenes 1 y 3 de Ficção de polpa [Ficción de pulpa]. En 2010 publicó A sordidez das pequenas coisas [La sordidez de las pequeñas cosas], finalista del Prémio Jabuti 2011 y según colocado en el Prémio Fundação Biblioteca Nacional.

Se puede encontrar sus cuentos en una columna del sitio Paralelos, que hace parte del portal Globo Online, y en su blog en el sitio AlessandroGarcia.com.



Traducción de



Apoyo cultural
http://bit.ly/WnBJ8K



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