Sacando las cuentas


Si nosotros, los hombres, imagináramos el matrimonio como una empresa con fines de lucro (donde el placer y la felicidad son productos de alto valor en el mercado, estando por encima inclusive del valor de la moneda), y escribiéramos en un papel una ecuación matemática para calcular el balance patrimonial, no siempre será positivo el resultado. La variable es la mujer. 

* * * * *

Ernesto quería comprar una mesa de billar para ponerla en el garaje. Antes de hablar sobre el asunto con su esposa, fue a las tiendas a investigar los precios y cuando regresó a casa, tenía consigo una decena de presupuestos y la planificación estratégica en la mente. 

Dalva estaba lavando los platos, entonces Ernesto comenzó la primera parte de su plan: la conquista. Llegó a su esposa aplicando un beso en el cuello, caricias, e inmediatamente comenzó a secar los platos recién lavados. 

― ¡Vaya! ― sospechó Dalva. ― ¿Qué quieres? 

― ¿Eh? Yo... nada. 

―No me mientas, Neto. La última vez que decidiste ayudar con los quehaceres de la casa fue cuando querías comprar un televisor nuevo, así que te escucho. Habla. 

― Bueno, yo... yo... pensé en comprar una mesa de billar. 

― ¡De ninguna manera! 

―Pero, amor. Sería genial. Podría llamar a Claudio para jugar de vez en cuando mientras tú chismeas con su esposa. 

―Ah, ahora soy chismosa, ¿no?

―Amor... seamos realistas. Sólo piensa, mientras yo estuviera jugando la tele sería toda tuya. 

―Pero, Neto, ¿cuánto costará eso? 

―Bueno, estuve buscando y encontré lo que quería a mil seiscientos: encimeras de mármol, madera dura, viene con un juego de palos y bolas de billar, ¡una belleza! 

― ¡¿Mil seiscientos?! No, Neto, no me parece. Estamos ahorrando para comprar un coche nuevo, ya sabes.

Él lo sabía. Pero ya tenía su respuesta preparada. 

―Calcula conmigo ― empezó ―, ¿cuánto tiempo nos toma ahorrar mil seiscientos reales? 

―Tres meses. 

―Exactamente tres meses. ¿Y cuánto tiempo nos tomará comprar el coche nuevo?

―Dos años. 

―Ándale, dos años. Entonces sólo mira: Prefiero esperar otros tres meses después de los dos años para comprar el coche, y comprar mi mesa de billar ahora, de comprar la mesa tres meses después de comprar el coche, lo que nos tardará dos años y tres meses

―Sí, tiene lógica―concordó Dalva―Entonces… 

― ¿Entonces? 

― Así que, siguiendo esta lógica, podríamos usar ese dinero para comprar una secadora de ropa, que hace mucho más falta que una mesa de billar. 

― ¿Cómo que se necesita más? ¡Yo no lavo mi ropa! 

―Y yo no juego billar. 

― Pero usted podría empezar a jugar. Te aseguro que con un poco de práctica podrías hasta llegar a jugar como Rui Chapéu. 

―Y tú podrías llegar a tender la ropa en el tendedero. Te aseguro que con un poco de entrenamiento tu columna vertebral estará tan dolorida como la mía. 
Para esto él no se había preparado, pero no se rendiría tan fácilmente. 

―Dejaré de fumar―mintió. Sabía que en cuanto se comprase la mesa, no daría el primer tiro sin un cigarrillo en la boca. 

― ¿Lo dejarás?

― ¡Claro que lo dejo! Mira: gastó cien reales en cigarros al mes, así que si dejo de fumar y compramos la mesa, se comprará sola con el ahorro de los cigarros. 

― ¡Buena idea! Deja de fumar y compra la secadora. 

― ¡Dios, no! No voy a sacrificarme para comprar una secadora. Sacrifícate tú. No sé... deja de ir a la peluquería. 

― ¡Neto, no vas a comprar una mesa de billar, y punto! Es más, si quieres comprarla, vende tu coche viejo, así habrá mucho más espacio en el garaje para el nuevo. 

― ¿Vender mi Opala? ¡¿Cómo?! 

―Entonces no hay mesa de billar. 

Tendría que tomar una actitud de Hombre (sí, en mayúscula). Es ahora o nunca. 

― ¿Sabes qué? ¡Compraré la mesa y no se diga más! 

―Muy bien, si la compras ya no habrá más sexo. 

―Rayos, pero eso no se vale. 

Ernesto, derrotado y abatido, se sentó en el sofá, cerveza en mano, y empezó a pensar en el divorcio. ¿Qué podría ser malo en la vida de soltero? Podría beber y fumar cuando quisiera. Podría volver a casa a la hora que quisiera. La ropa sólo se tendría que dejar en la lavandería, por no hablar de la mesa de billar que podría poder en la sala en vez del garaje. ¿Sexo? Ya era bastante feo no tener relaciones de vez en cuando, pero por otra parte, Siempre existirán las prostitutas. Sólo sería cuestión de tomar el carro… ¡Ah, el carro! El bueno y viejo Opal 87, un solo dueño, impecable, sin un rasguño... Estaba a nombre de ella. Si conseguía el divorcio, sería decirle adiós al Opala. 

―Amor, pensándolo bien, tú necesitas una secadora...

GUSTAVO PIEROBOM nació en Pelotas, Rio Grande do Sul. Dejó la Facultad de Administración de Empresas antes de concluir los estudios. Hoy en día trabaja como vendedor en Florianópolis, Santa Catarina. 

Escribe un poco de todo: desde crónicas humorísticas que representan la vida cotidiana brasileña, hasta cuentos policiacos, de terror o drama, pero tiene una debilidad por los westerns, que actualmente no son tan literarios como lo eran antes; tiene la intención de publicar una novela con este tema. Además, prefiere finales no tan felices para sus personajes.


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