Sencillo

Algunas veces necesitamos solo de historias sencillas como una brisa suave en un día caluroso o una bella secuencia de acordes que nos hace sentir más humanos.

En esos momentos, siempre me acuerdo de una sonrisa, la sonrisa boba, sin compromiso que antecede la risa.

Yo era niño, tenía cerca de doce años y estaba enojado. Me había caído de la bicicleta y mi fiel compañera se transfiguró en una terrible villana.

Alice reía hasta doler la panza. Había visto mi caída y ahora se burlaba de mí. Yo sólo sabía hacer mi famosa cara hosca. 

―¿Vas a reírte hasta cuándo?― le dije muy molesto, con toda mi furia amenazadora. Por un instante ella contuvo la risa, me encaró y volvió a explotar en carcajadas.

―“¡Para vosotras, niñas, es fácil. No tenéis que saber de nada!” 

El desafío fuera lanzado. Yo sabía bien la reacción que seguiría. En aquella época era fácil, las niñas eran todas unas bobas con cara antipática, que no sabían nada. Empezó la discusión, tú eso, tú aquello, duda, disputa, desafío.  

―¡Quién bajar la cuesta más rápido, gana! 

Montamos en nuestras bicis y fuimos hasta la cima de la elevación. Nadie osó a subirla empujando la bicicleta. La testarudez siempre gana del juicio. Últimas provocaciones antes del uno, dos, tres... ¡y ya!

Bajamos en alta velocidad, la tensión y la emoción a flor de piel, la mirada obstinada. Nos manteníamos lado a lado, ¿no es que la niña es buena? 

Casi llegando, el choque, dos niños volando, dos bicicletas al suelo. 

Otra vez, ¡no! Por segunda vez seguida mi alazán cromado me lanzaba al suelo. Me levanté listo para maldecirle. No sé cómo sucedió, solo sé que la culpa había sido de ella. Avancé nervioso, pero antes de conseguir hablar ella empezó a llorar. No el berreo usual de las niñas. Lloraba bajito. Debía haberse dañado de verdad.

Ella me encaraba con los ojos mojados, esperaba que aprovechara su debilidad y tuviera mi momento de venganza. Pero lo extraño era que solo quería protegerla. 

―¿Estás herida? 

El llanto disminuyó. Yo, aún afligido, miré a las bicicletas en el suelo, enroscadas una en la otra. Le dije: ―¡Las bicicletas están enamoradas!

Ella las miró y sonrió. El llanto cedió a las carcajadas.

La levanté. ―Te ayudo a llegar a casa y después recojo las bicicletas. 

Nos fuimos abrazados, ella cojeando un poco. El día siguiente ya no tendría nada más, pero ahora necesitaba de mí.

En la puerta de su casa, la madre viene super preocupada. 

―No pasa nada― Alice se apresuró para tranquilizar a la madre. 

―Voy a recoger las bicicletas ahora― le avisé. 

Ella estaba de acuerdo y me sonreí. 

Sentí unas cosquillas en las piernas, el corazón latía fuerte. 

―¡Como ella es linda! 

Despierto, me apresuré y corré feliz a las bicicletas. 

Aún hoy, siempre que necesito sonreír, me acuerdo de las bicicletas enroscadas en el suelo y de como me enseñaron a galantear.

PAULO CARVALHO es un actor que se licenció en Artes por la Facultad Paulista y trabaja en la Cia. Teatro de fantoches Stromboli

Paulo escribe cuentos en su blog “Projeto 8” y contribuye con el Kindle Blog Brasil donde escribe artículos sobre eBooks y de publicaciones propias. Él también publicó un libro intitulado Contos da Borda do Rio [Cuentos del Borde del Río].


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