Sobre mendigos, revoluciones y zapatos

Un sujeto, como estos que llegan a su casa preguntándote si hay algo que donar, me abordó en el portón. No olía a alcohol, ni parecía haberse drogado. Fue sobrio y directo en su petición. Cualquier ropa, chaqueta o zapato servía. Estaba todo andrajoso y con frío. Me enseñó que tenía la mitad del pie afuera de los calzados. Tuve compasión. No era culpa de la sociedad o de la religión. Me acordé de los viejos zapatos que dejé a un lado el invierno pasado, guerrillero refugiado en la zapatera. Cuero marrón, desteñidos, gastados y otros calificativos usuales, pero estaba en mejores condiciones que los calzados estropeados del muchacho. ¡Dios, perdóname comparar mis pertenencias a las del mendigo! Mendigo, mendicante, reservista del ejército de las manos de obra… ¿Yo que sé cómo llamar quien pide de puerta en puerta en lenguaje políticamente correcto? Le prometí iba a buscarle algo bueno. Tras subir dos pisos por escalera, estaba seguro de que hacía lo correcto. ¿Por qué me quedaría con calzados sin usarlos si había un necesitado a fuera? Los puse en un bolso de supermercado. De regalo, metí en el bolso un abrigo viejo, lleno de pelusa, que aguardaba la limpieza con el afeitador. 
 
Agarró a donación, echó una mirada, me lo agradeció y se puso a tocar el timbre de mis vecinos. ¿Qué pasa? ¿No vas a calzar los zapatos aquí mismo? Son impermeable, ¡por si lo sabías, tío! ¡Y está lloviendo! No le dije nada, pero aquello me molestaba. Lo peor es que no sé cómo hacer caridad desde mi socialismo utópico universitario, cuando vivía con mi madre. A fin de cuentas, el gobierno tiene la responsabilidad de poner fín a las desigualdades ―¡o que enfrente la lucha armada!

Estaba resabiado con tanta ingratitud. Esperaba al menos una reacción más eufórica del tipo. Decidí mantener la calma y el control. Los zapatos ya no me pertenecían. Intenté ver la situación con lirismo poético. Significaría una sobrevida. Seguiría paseando por las calles de Satolep en los pies de un andarín solitario.
 
Fue entonces que percibí: era su uniforme. Solo podía ser eso. Tenía las ropas rasgadas para sensibilizar a la clase dominante. “Y si tuviera comida,” añadió, “también lo aceptaría”. 

¡Ay, no, che! ¡No hagas eso! Ya te regalé mis mejores zapatos y un abrigo prácticamente nuevo. Vale, no fue lo que dije, pero refunfuñé algo. Una idea me vino a la cabeza mientras subía las escaleras otra vez. Ese loco va a echar mis zapatos. ¿No le gustaron? ¿Y si le pidiera que me lo devolviera? ¿Le diría que los había prometido a un pariente? No. Jamás mentiría así. De seguro me resbalaría en algún detalle. 

Tenía que conformarme con el destino incierto de los calzados. Es el fetiche de mercancía: nos cierra los ojos. Es increíble lo cuanto me apegué a los pisantes. Muy suaves. ¿Por qué no los calzaba luego? ¿Qué estaba haciendo? ¿Tenía una colección primitiva de zapatos?

Volví al portón con un paquete de polenta y muy molesto. Él ya no estaba, pues se puso a camino de Donja, llevando una bolsa de rafia llena de la caridad ajena. Lo miré a lejos y pude ver que todavía tenía el dedo gordo del pie descubierto. 

Un amigo de los tiempos de facultad decía que no se debe dar limosna o hacer asistencialismo, pues eso retrasa la revolución. Ese fue el mismo amigo que posteriormente dijo que la única revolución que deseaba hacer era en su cuenta bancaria. Los pobres siempre estarán con nosotros. ¿Lo crees?

MÁRCIO EZEQUIEL nació en Porto Alegre, Rio Grande do Sul, en 1972. Tiene Maestría en Historia y estudió Literatura de Viaje en el Sur de Brasil en el inicio del siglo XIX. 

Se dedica a los géneros cortos (crónicas, cuentos y minicuento). Algunos de sus historias fueron premiadas y publicadas en antologías. Escribe para el periódico Diário Popular y es colaborador de la Radiocom, ambos medios localizados en Pelotas, Santa Catarina, dónde vive actualmente.

Es autor de Leia antes de jogar fora [“Léalo antes de tirarlo a la basura”], una antología de crónicas que publicó de manera independiente. Para adquirir una copia del libro y leer más sobre su trabajo, visite su blog personal Marca Diabo.


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