Tragedia anunciada

Primeros días otoñales. Hace dos o tres años. El calor abrasador todavía era intenso, parecía el auge de los días más calientes de la estación que había terminado. Uno de los veranos con temperaturas insoportables, las más elevadas de los últimos tiempos. 

João caminaba por las calles cerca de la estación Central de Brasil en dirección a uno de los galpones detrás de la torre del famoso reloj, mal conservadas las estaciones de transportes alternativos para la Baixada Fluminense. Aunque era una rutina diaria, su mirada aún no se había acostumbrado a la degradación urbana que había en la región ­—hasta hoy sigue igual— una visión dantesca del descaso y abandono, tanto por parte del sector público como por parte de los propios usuarios.

De repente, un envase vacío de gaseosa resonó en el asfalto y fue a depositarse en el desaguadero delante de sus pies. Súbitamente sus ojos se cruzan con los de la mujer que había lanzado el envase justo a tiempo de percibir el movimiento de la mano en el aire y, sin contener la perplejidad, la indagó sin medias palabras:
 
­—¡Señora! ¿No se dio cuenta que hay un basurero a su lado? 

—Yo no soy la única que hace eso, además se no me apuro, no alcanzo el autobús. No me molesta con esas tonterías, pues así me retrasaré aún más.   

—Sí, no es la única, pero podría ser la primera a contribuir en intento de cambiar las costumbres arraigadas, lo que podría mejorar mucho los accesos y la apariencia de nuestras vías y, consecuentemente, proporcionar una cualidad de vida mucho mejor para nosotros.

—¡Pues! Tengo otras preocupaciones más importantes… 

Y encogiendo los hombros, se desvió del interlocutor y se perdió entre los transeúntes apresados. Algunos pasantes también, sin la menor ceremonia, dejaban por el camino servilletas arrugadas, vasos desechables, envases y afines… 

Hasta periódicos y revistas leídos eran lanzados al viento sin ninguna preocupación de que esos materiales podrían causar obstrucción en las galerías pluviales. Toda la basura se acumulaba de montón por las calles y junto al desaguadero de las aceras.

João, incrédulo, recogió el envase, lo colocó en el basurero y continuó a pasos largos su destino, pues tenía que garantizar un lugar en la cola que ya se hacía larga y en espiral a la espera del autobús. 

Es siempre lo mismo, a cada verano la impresión que se tiene es que la temperatura se eleva cada vez más. La enorme población carioca y fluminense, poco asistida y cansada de ser sometida a las penurias ya conocidas, convive pasivamente con tamaña falta de interés por la resolución de los problemas que se banalizan a la medida que el tiempo pasa.

Luego era la primera semana de la estación de las hojas caídas. Mismo pasado ese tiempo, dos o tres años, João aún cumple su rutina diaria. Solamente cambió el autobús por el tren, pues sale de la comarca de Nilópolis, de lunes a viernes, para la región Central en donde trabaja como portero de un condominio comercial. Todavía no podía olvidarse de aquel dialogo y la torrente de lluvia que sucedería a las primeras horas de aquella fatídica noche. Ocasión en que tuvo apenas tiempo de llegar a casa y entonces los cielos de la región del Grande Río se desencadenaron en torrentes tempestuosas. Ya con la familia, agradeció a Dios por la protección del techo de su humilde hogar, aunque paupérrimo, siempre lo mantenía en la máxima seguridad posible. 

Al amanecer. el caos, la triste rutina que la población tenía que enfrentar. Contabilizaron los perjuicios causados por el diluvio y eran tantos que la propia Defensa Civil no daba cuenta cuál sería la tarea más inminente: árboles destrozados por fuertes vientos, coches arrastrados por caudalosas inundaciones, techos arrancados, casas destruidas, postes caídos al suelo, falta de energía eléctrica en varios barrios de la ciudad, laderas que desmoronaron y llevaron todo que encontraban por el camino y solo se detenía a la base de los morros.

Fue muy doloroso mirar las páginas de los periódicos que circulaban en los días que se siguieron, con la fotografía de aquella mujer y de otras tantas víctimas. No eran imágenes nítidas, había mucha destrucción, destrozos revirados en el cenagal, pero estaba seguro sobre una de las víctimas. Se trataba de la misma persona con la cual tuve un breve dialogo ―tal vez lo podría llamar de breve discusión― sobre la importancia de no echar basura en las calles y laderas. 

Aquella mujer fue tragada por las fuerzas de las aguas que inundaron las orillas del río y que se extendieron hasta la comunidad donde vivía. La señora tuvo su vida masacrada, tal vez sin darse cuenta de que contribuyó para el ocurrido, pero no fue la única a sufrir trágicamente con el desorden urbano intensificado después de una intensa lluvia de verano. 

AMALRI NASCIMENTO nació el 21 de abril de 1971 en la ciudad de Brejinho, estado de Rio Grande del Norte. Durante el tiempo en que estuvo en la Armada, la capital Natal se convirtió en su segundo hogar, hasta que lo transfirieron para el estado de Rio de Janeiro, donde vive actualmente.

En su adolescencia, confiesa, era un poco perezoso para lecturas, pero se impresionó principalmente con las novelas policiales. Sin embargo, tenía la costumbre de escribir cuentos y poesías en un cuaderno que, desafortunadamente, se perdió en algún lugar del pasado.

En 2006, incentivado por su compañera de trabajo, la poetisa Malu Oliveira, se aventuró en el primero concurso de poesía, donde se inscribió con una poesía concebida en una servilleta de papel.

Desde entonces sus poemas y cuentos recibieron varios premios en Brasil y, a pesar de no se auto intitular como artista, algunas de sus pinturas también fueron expuestas en galerías de arte.


Traducido por:


Comments