Vidrio y porcelana en el jardín

Entre vasos de vidrio y copas de cristales se encontraba mi criada, que los lavaba con total delicadeza. Yo la observaba sin que notara mi entrada en la cocina. Me escondí cuando percibí la presencia de mi esposo, lo oí preguntar sobre mí para ella y vi también la mirada de ternura de mi criada al hablar de mí.

―Ella me dijo que iría a la casa de su madre para buscar las invitaciones.

Seguí atenta, pero debería haber salido de allí antes de ver aquella escena tan romántica y al mismo tiempo asquerosa... Mi esposo se acercó por detrás de la criada y le besó en el cuello mientras tocaba su cuerpo con intimidad. Me llené de rabia, me quedé paralizada allí a mirar como si fuera una cámara secreta. Oí el gemido de la boca femenina, lo que condujo el oído masculino para sus labios.

Mi sangre se congeló, mi respiración se puso jadeante. Podría hacer la sorpresa de desenmascarar la desvergonzada de mi criada, en quien deposité mi total confianza, y decirle a mi marido algunas crueles verdades... Él que siempre decía amarme. Pero fui para dentro de la despensa, salí de la cocina, anduve en disparada hasta la calle y tomé el primero taxi que se me pasó delante. Tomé mi celular, todavía trémula, y llamé a la casa de mi suegra, quien contestó mi llamada:

―¿Hola?

Preguntó con la voz calma. Yo murmuré rápidamente:

―Soy Lía. Solo quiero avisarle que no podré ir a su casa hoy. Me había olvidado de que no tendría tiempo. Solo me lo di cuenta ahora...

No le dejé burlarse de mi frialdad, entonces colgué el teléfono antes de que pudiera decirme algo. Impuse al conductor del taxi que me dejara en el restaurante Porcão. Él condujo un poco más hasta aparcar delante de la entrada del restaurante. Yo le agradecí, le pagué y le dejé el vuelto. Era un viejo señor desdentado que me sonreía con carisma. 

Caminé hasta entrar en el restaurante, donde fui bien atendida por una chica de ojos rasgados. Me senté cerca de la ventana de vidrio y miré el jardín afuera. Intentaba recomponerme de aquella imagen que me atormentaba. Tenía una cita marcada había una hora, pero me incluí en mi agenda rápidamente como prioridad. Allí era como mi segunda casa.

Recibí la carta, elegí un vino tinto y dejé que los camareros me sirvieran las carnes. De repente un hombre vino en mi dirección e intenté definir su aspecto. ¿De dónde lo conocía? Él se presentó mientras tomaba mi mano y la besaba:

―¿Te acuerdas de mí? Ralf Jean...

Un caballero, como siempre, él fue mi compañero de clase en la universidad y parecía muy feliz al verme. Intenté disfrazar mis lágrimas y lo dejé sentarse:

―Por supuesto me acuerdo, almuerce conmigo. Voy a preparar mi plato. Puedes ir en seguida, si prefieres.

Él me miró como si dudara de la sonrisa que intentaba disfrazar las lágrimas. Parecía verme en la transparencia de cómo me sentía triste:

―¿Pasó algo?

Cambié el tema como si huyera de la constrictiva verdad:

―¿Estás acompañado?

Me sonrió nuevamente:

―Estoy en la mesa al lado con mi familia. Te vi cuando pasó y quise cumplimentarte. No podré acompañarte.

Miré para la mesa al lado y vi su esposa a mirarme. Parecía enferma, tan pálida y delgada, lo miré con una sonrisa:

―Linda mujer. Pero, ¿está bien?

Él me miró un poco más serio:

―Está enferma, como ya demuestra. Intentamos distraerla, sacarla de la prisión de nuestra casa. El cáncer dominó su cerebro. Está en fase terminal.

La miré una vez más, pero ella se distraía con sus dos hijos pequeños.

―Lo siento... Bueno, voy a preparar mi plato, ¿me esperas?

Él movió la cabeza en señal afirmativa. Me acerqué de ella y la cumplimenté con un beso en el rostro.
―La virtud de ser una mujer como tú es tener un hombre como tu marido. Estoy segura de que él le ama mucho. Fue un placer conocerte.

Ella se quedó sin comprender mi afirmación. Yo saludé a los niños, que me miraban con una sonrisa estampada en el rostro, y fui a preparar mi plato. Al volver con prisa para mi mesa, Ralf sonrió para mí:

―¿Qué le dijo a ella?

―Cosa de mujer. Esté despreocupado. No te quedes, pues no soy una buena compañía hoy y todavía te lo esperan.

Él me tocó la mano nuevamente y se alejó de mi mesa. Jugué con la comida mientras mis pensamientos estaban lejos. Pensé hasta en suicidio, pero nada me podría ser más cruel que vengarme con mi propia sangre. No terminé de comer, pedí la cuenta antes de probar mi comida preferida. Estaba confusa y quería librarme de mis pensamientos insanos. 

Ralf me miró con la misma profundidad que su esposa me miraba. Bajé la cabeza avergonzada y salí de allí en disparada, sin mirar atrás. Mis problemas personales empezaban a afectar mi ser indestructible. Luego yo, que siempre aparento ser fuerte. 

Entré en otro taxi y volví para mi casa, donde creía tener una vida maravillosa. Pero era todo ilusión de mi subconsciente. Salí del taxi y entré en mi coche. Mientras pensaba huir, encendí el motor, pero luego lo apagué todavía parada delante de mi casa. Seguí con mis manos en el volante, pero me puse inquieta al mirar para el jardín con porcelanas. Era una imagen indescriptible, mágica, tan bella que siquiera yo sabía cómo debería divisarla. Aún sentada, saqué el cinturón de seguridad y abrí la puerta como que para salir. 

Me levanté cuando vi a lo lejos Cris, la creada, salir por la puerta trasera, aún con el uniforme arrugado y el pelo despeinado. Tocó en mis rosas como si fueran suyas. Yo grité su nombre:

―¡Cris!

Ella me miró asustada mientras arreglaba el pelo con una sonrisa sin gracia. Salí del coche y anduve en su dirección, pero con clase. Aunque dejaba mi sensualidad actuar, me corría odio por las venas. Le miré fijamente en los ojos y le dije:

―Necesito que vayas a mi dormitorio…

Vi a mi esposo salir con su coche así que entramos en la casa. Estábamos definitivamente a solas. La conducí hasta mi dormitorio mientras pensaba en cosas terribles e hice lo que creí ser correcto. Le pedí que se sentara en mi poltrona preferida y ella lo atendió como se ya fuera íntima de allí. 

Cerré la puerta con llave y agarré unas esposas que eran de mi uso particular. Ella abrió los ojos de par en par para mí, con miedo, y yo la obligué a ponerse quieta, forzándole el brazo para bajo para ponerle las esposas. Intentó resistir, pero ya sabía qué quisiera decirle con aquel acto. Agarré la tijera de punta en mi cajón y solté su pelo mientras ella lloraba. Le corté cada hilo sin tener compasión, mientras le hablaba al oído:

―¿Sabes el sufrimiento que pasé al ver las intimidades que tienes con mi marido de doble cara? ¿Sabes por qué me estoy rebajando? Tú eres una...

No tuve coraje de proseguir con palabrotas, pero le di una lección merecida: le rompí el uniforme y le di un pequeño corte en la cara con la punta de la tijera. Dejé mi rabia allí, con dos bofetadas en su rostro, después salí de mi dormitorio y la dejé a llorar como una niña.

Me fui a su dormitorio y rompí todas sus ropas. Enseguida volví a mi dormitorio y rompí las ropas de mi marido. Hice las maletas mientras oía sus murmuraciones y amenazas. Antes de salir de aquella casa monstruosa, tiré del puñado de pelo que le restó y sonreí. Me sentí aliviada en dejarla horrible, pero el dolor todavía estaba dentro de mí. Me sentía traicionada y vulnerable. 

Corrí con mis maletas en las manos y las lancé en el maletero del coche. Lo tranqué y proseguí con mi viaje. Fui para Seattle, mi refugio favorito. Allí en aquél coche, mis pensamientos volaban. No sabía qué hacer después de tanta mentira, pero sabía que allí no era mi lugar. En realidad, nunca logré reencontrarme en ningún lugar. La traición no solo me mató por dentro, como también dominó mi control de todo. Reconocí mi futuro discreto y sabía que no era la heroína de mi existencia amarga, pero recorrí caminos desconocidos e intenté cambiarme la vida.

ELIZABETH MARANHÃO nació en 1990 y empezó a escribir cuando tenía entre diez años de edad, después que sus padres se divorciaron. 

Terminó la secundaria en 2008 y aprovechó un período de vacaciones para dedicarse exclusivamente a escribir. En 2012 empezó a estudiar en la universidad para obtener el título de Bachiller en Comunicación.

Bajo el seudónimo Elisa Wz, empezó a escribir un libro intitulado “Rapunzel Carpe Diem”, en el cual una familia intenta sostenerse por sus propios medios después que el padre sale de casa y la madre se pone enferma. La hija mayor promete no cortarse el pelo hasta que la madre mejore. 

A Elizabeth le gusta escribir dramas familiares y situaciones románticas entre un hombre y una mujer. 


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